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miércoles, 1 de enero de 2014

Francisco Fernández Buey, los comunistas y la democracia



¡Feliz 2014!




Para mi maestro y amigo Santiago Alba Rico, aunque él, por supuesto, lo hubiera explicado mucho mejor, y con ese castellano admirable y casi imposible al que nos tiene acostumbrados.
A la memoria de un maestro inolvidable, de un comunista internacionalista imprescindible, de un filósofo de una pieza, de un luchador socialista, palentino-catalán, hasta el final de sus días: Francisco Fernández Buey.
Para Mercedes Iglesias Serrano, que amó a Paco, a nuestro Paco, con toda la fuerza y profundidad de la que es capaz

“¿Qué democracia queríamos los comunistas?” es un artículo, una cuidada y larga reflexión en voz alta, que se publicó en un libro editado por Manuel Bueno Lluch y Sergio Gálvez Biseca, Nosotros los comunistas. Memoria, identidad e historia social, Fundación de Investigaciones Marxistas/Atrapasueños, Sevilla, 2009. No era, por supuesto, la primera vez que el autor de Leyendo a Gramsci se adentraba en esta temática. Ya en la revista Materiales, en escritos y materiales clandestinos, en conferencias y en muchos textos anteriores, Francisco Fernández Buey [FFB] había reflexionado sobre la democracia y la tradición. No fue tampoco la última por supuesto.
Empero, me centraré esta vez, básicamente, en el trabajo referenciado.
Con interesantes, hermosos y poco conocidos detalles autobiográficos, el “material”, como diría el autor, está dividido en cuatro apartados.
En el primero, FFB comenta que cuando entró a militar en 1963, al año siguiente de su llegada a Barcelona -vivía entonces con su hermana Charo Fernández Buey, en Badalona si no ando errado, en cada de unos tíos-, en la célula de Filosofía y Letras de la organización universitaria del PSUC, le hicieron un breve examen. Era entonces de rigor, “para comprobar la competencia verdaderamente comunista del aspirante”. ¡Tiempos de resistencia y de tanteos!
Las dos preguntas principales que se le hicieron versaron sobre la dictadura del proletariado y sobre el centralismo democrático. Nada menos. FFB, con el mucho humor del que era capaz, señala que no debió estar muy acertado al contestar la primera de ellas “porque el camarada que llevaba la voz cantante y que debía ser entonces el responsable político de la mencionada célula me hizo observar que lo que yo pensaba al respecto no difería gran cosa de lo que habían mantenido los socialistas y socialdemócratas durante la II República y la Guerra Civil”. Incluso salió a colación allí, negativamente, el nombre de Julián Besteiro “antes de que el camarada responsable me instruyera sobre la gran diferencia existente entre socialdemócratas y auténticos comunistas”. La diferencia radicaba, según el responsable en cuestión, “en la defensa por parte de los comunistas de la dictadura del proletariado como forma de transición al comunismo y del centralismo democrático como forma de organización”.
¿Qué se entendía entonces por “dictadura del proletariado” en el PCE o en el PSUC, que a efectos prácticos eran algo bastante similar, se dijera lo que se dijera posteriormente sobre les exquisiteces italianizantes del PSUC y los dogmatismos españoles del PCE? Pues, esencialmente, “la necesaria inversión de la forma de dominación de clase existente en los países capitalistas”. Se creía que esa inversión en las formas de dominación política, “obligada por la previsible resistencia a ceder poder y privilegios por parte de la clase anteriormente dominante”, sería, en cualquier caso, mejor, mucho mejor que lo que entonces se solía designar como democracia formal o burguesa. En realidad esa democracia, la adjetiva peyorativamente de formal, no era tal sino que era, en verdad, “una dictadura de la burguesía sobre el proletariado”. Esa otra cosa mejor estaba representada, admite FFB, “por el régimen existente en la Unión Soviética desde la revolución de octubre de 1917”, la revolución del pez cornudo a la que él mismo hizo referencia en repetidas ocasiones.
Hasta ahí, comenta FFB, “todo iba en teoría bien,”. Lo que se le estaba enseñando coincidía sustancialmente con lo que él mismo había leído ya “en algunos, pocos, textos de los clásicos del marxismo que habían llegado a mis manos a pesar de la censura que la dictadura franquista ejercía sobre todo lo que oliera a marxismo y comunismo” (el primer libro legal en España con escritos de Marx se había publicado tres años antes: Marx y Engels, Revolución en España, Barcelona, Ariel, Sacristán había sido su traductor y prologuista). Lo que le sorprendió en todo caso a FFB de aquel discurso en el examen de entrada, por eso lo estaba recordando, era que “en opinión del instructor los republicanos españoles habían perdido la Guerra Civil por no haber entendido en su momento la importancia decisiva que tenía la dictadura del proletariado”. Por ello, para no volver a pifiarla, para no caer en el mismo error, “la resistencia antifranquista tenía que empezar asumiendo aquella idea”, aquel concepto, el de la dictadura del proletariado como sistema político opuesto o antagónico a la democracia formal o burguesa.
Lo señalado no le cuadraba con lo que él mismo ya había leído a escondidas sobre la Guerra Civil; pero como, por otra parte, y la praxis política, el avance del movimiento real siempre fue decisiva para FFB como buen e informado combatiente, “no había duda de que a su término los comunistas habían sido y seguían siendo los principales protagonistas de la resistencia antifranquista aquella correlación establecida entre defensa teórica de la dictadura del proletariado y eficacia política revolucionaria me pareció que podía ser plausible y lo dejé pasar”. Para un joven estudiante universitario que quería hacerse comunista en aquellos años lo importante de verdad, destaca de nuevo FFB el activista y luchador, “era encontrar la organización en que militar y hacer algo que en verdad fuera útil para los explotados y oprimidos”, para los de abajo, como solía decir el FFB tardío (y no tan tardío).
¿Cómo veían la mayoría de los que por entonces, a comienzos de la década de los años sesenta del siglo pasado, se hicieron comunistas –“y eso vale igualmente para los comunistas de las dos décadas anteriores”- la situación? Más o menos así:
en general y en lo concreto luchábamos por la democracia luchando contra la dictadura realmente existente aquí, la dictadura franquista impuesta al término de la Guerra Civil; y lo hacíamos con la finalidad de implantar un día el comunismo, que iba a ser el reino de la libertad en una sociedad sin clases, para lo cual había que pasar a través de la dictadura del proletariado. Imaginábamos que esta otra dictadura no iba a ser propiamente un régimen político sino más bien una comunidad de transición en la que se habría invertido el signo de la dominación social.
FFB admite que la idea de acabar con una dictadura, la franquista, la "dictadura terrorista del gran capital", mediante el establecimiento de otra dictadura, “por muchos distingos que se estableciera sobre el signo social de la misma”, no le parecía a él particularmente atractiva. No acababa de ver claro además cómo se compaginaba lo anterior con lo que él mismo iba oyendo en Radio España Independiente “sobre la reconciliación nacional y sobre la heroica lucha cotidiana de los comunistas en favor de la democracia”. A pesar de todo, apunta, “creía entender que una cosa es un régimen político y otra el signo de dominación que caracteriza a una formación socio-económica en sentido amplio”. Y, como por principio él se sentía identificado con la clase obrera y, por razones prácticas, con la actividad práctica de los comunistas en lucha contra el régimen de Franco, no hizo entonces muchas preguntas. “Me pareció que yo podía aceptar aquella idea aunque no me resultara particularmente atrayente el término "dictadura"”. La asumió, como tantos otros (el que suscribe es también uno de ellos), durante algunos años, “mientras, de paso, iba buscando en los textos de los clásicos del comunismo la justificación teórica de lo que mi instructor llamó plásticamente ‘dar la vuelta a la tortilla".
Al otro asunto del examen de entrada, el del centralismo, se le dedicó menos tiempo. En su recuerdo, “el instructor o responsable no llegó a decir en qué consistía tal cosa, pero relacionó el centralismo democrático con una necesidad ineludible: la de asumir las directrices de la dirección del partido por la situación de clandestinidad y persecución en la que estábamos obligados a luchar”. Enseguida pasó a poner el acento, prosigue FFB, en la importancia que en aquellas más que difíciles condiciones tenía para todos los militantes guardar silencio fuera del partido acerca de las actividades realizadas. “Por alguna razón que ahora no acertaría a expresar bien, relacioné lo del centralismo democrático con el misterioso final del célebre romance del infante Arnaldos: Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va”
(Curiosamente, dicho sea entre parentesis, Sacristán hizo también referencia al romance en sus agudas críticas finales a la gnoseología de Heidegger en su tesis doctoral. El paso
Sirva en todo caso esa discusión para mostrar cómo la interpretación propuesta debe ser entendida cum grano obscuritatis . Y sirva también para proporcionar más elementos de juicio para contemplar la andadura del pensamiento de Heidegger, el cual, en último término y por encima de toda interpretación, navega como la nave que vio el conde Arnaldos y cuyo piloto cantaba: “yo no digo mi canción /sino al que conmigo va”, significando aquí “ir con él” la adhesión sin crítica -ni siquiera textual interna- al pensamiento del filósofo. Para una lectura como la presente, interesada por lo gnoseológico o lógico en general, no hay empero himnos misteriosos, sino sólo vulgares canciones al alcance de cualquier oído...
Cierro el paréntesis recomendando el capítulo de conclusiones de la tesis. Está en Crítica. El prólogo de su editor, FFB de nuevo, es magnífico. Imprescindible)
En el momento en que escribía FFB no creía que lo último tuviera gran cosa que ver con el asunto que nos ocupaba: “tal vez por eso de la parte dedicada propiamente al centralismo democrático sólo recuerdo de manera vaga la prohibición explícita de formar fracciones o corrientes cristalizadas, cosa a la que apenas di importancia, pues en la práctica, cuando uno está a punto de entrar a formar parte de una célula clandestina (compuesta a lo sumo por cuatro o cinco personas) lo de constituir una fracción suele sonar a chino”. Efectivamente: a “chino” en los años sesenta, por maoísta que uno pudiera ser (como fue mi caso, no el de FFB, a principios de los setenta y de forma prolongada y más que entusiasta). La sensata reflexión de entonces de FFB fue más que lógica: “siendo tan pocos como somos ¿a quien se le va ocurrir dividirse encima?” Tardó algún tiempo en darse cuenta, comenta, “de que aquella forma rígida de entender la democracia interna, sin otras especificaciones que la de seguir en todo caso las directrices del grupo dirigente y la prohibición de constituir fracciones o corrientes, tenía también sus importantes efectos prácticos, aunque he de confesar que ni siquiera leyendo años después las razonables cosas que escribió al respecto Rosa Luxemburg he llegado a identificarme con la pasión autodepuradora que siempre ha atenazado al movimiento comunista organizado”.
Su primera experiencia como comunista sobre eso que llamamos democracia puede ser resumida así: los comunistas constituían una especie muy particular de demócratas: “éramos unos demócratas bastante especiales, pues a diferencia de aquellos que se llamaban a sí mismos "demócratas", sobre todo en el exilio, y apenas hacían oír su voz en el interior contra la dictadura realmente existente, nosotros no parábamos de luchar contra una dictadura (fascista) y, por tanto, en favor de la democracia”. Lo hacían al mismo tiempo para implantar, cuando llegase el día, “una dictadura del proletariado que, según pensábamos, iba a ser más democrática que las llamadas democracias (por atender a los intereses de la mayoría de la población) y que, además, abriría el camino recto hacia el comunismo”. Sí, admite FFB, sonaba a contradicción (algunos, admitámoslo, que además nos dedicábamos a la lógica o a la matemática y alardeábamos de ello, no nos sonaba así, en absoluto, era tan consiste como la vida y la lucha por la justicia).
Pero contradicción por contradicción -pensaba FFB- “mejor la nuestra, porque por lo menos no era contradicción entre el decir y el hacer en el presente”. La praxeología siempre en el puesto de mand.
FFB entendió también entonces que en las particulares condiciones de la lucha comunista de aquel tiempo, “o sea, mientras la tiranía franquista siguiera negando la existencia misma del partido comunista y metiendo en la cárcel o asesinando a sus dirigentes”, la noción más corriente de democracia tenía que quedar limitada, tanto hacia fuera como hacia dentro. “Hacia fuera, o sea, en la sociedad, porque nosotros no aspirábamos al mero restablecimiento de la democracia parlamentaria, formal o burguesa, como se decía, o a la consecución de un tipo de estado como el existente en otros países europeos próximos”, sino que aspiraban a otra democracia: proletaria, obrera, popular, material, económica y social. Y hacia dentro, en el interior del partido, “limitada por el centralismo”. Por una razón muy sencilla: no existe un partido político que pueda ser organizado de una manera plenamente democrática en un contexto dictatorial. Elemental y real, que diría Watson.
Hasta ahí, comenta el autor, la doctrina generalmente compartida en el partido comunista sobre la democracia hacia fuera y hacia dentro. “Digo "doctrina" porque la verdad es que en los papeles del partido, que a comienzos de la década de los sesenta se difundían, con dificultad y no poco riesgo, en los tajos, en las fábricas y en la universidad, de teoría a este respecto, de teoría de la democracia, había poca: trozos sueltos de Marx, Engels y Lenin, la mayor parte de las veces descontextualizados para su uso en cualquier circunstancia” (Algunos ejemplos de estas citas no forzosamente desafortunadas: “El poder ejecutivo del Estado moderno no es más que un comité de administración de los asuntos comunes de toda la burguesía”. “Las clases obreras siempre considerará que este Estado no es mejor que un sistema de forajidos, que permite a los empleadores pasar por encima de la ley y, mediante una conspiración indigna, crear primero las figuras delictivas que les plazcan para luego castigar esos delitos. Son, a la vez, legisladores, jueves y jurado.” ¿Son tan insensatas?)
Por abajo, especialmente en las células universitarias, empezaban a sonar los nombres de Gramsci y de Mao “y se tenía cierta noticia, más bien vaga, ciertamente, de lo que había dicho y escrito Palmiro Togliatti en Italia sobre el entonces llamado "culto a la personalidad" y sobre el estalinismo a raíz del XX Congreso del PCUS”. En el recuerdo de FFB, los textos traducidos de los Cuadernos de la cárcel, los artículos de Mao sobre la nueva democracia, las reflexiones moderadamente críticas de Togliatti sobre lo ocurrido en la URSS durante la época de Stalin sólo tuvieron una difusión digna de ese nombre años después. Y Trotsky, recuerda con razón, “que podía haber hecho pensar sobre la dictadura del proletariado realmente existente en la URSS desde los años treinta”, no era una lectura bien vista en el partido comunista entonces, Ni en otros partidos comunistas años después, según mi propio testimonio (sí en otros: por ejemplo, en el MCC, sin ningún problema en algunos momentos).
Al escribir lo anterior, FFB no estaba queriendo insinuar que los principales dirigentes del PSUC y del PCE ignoraran “por aquel entonces tales desarrollos, de interés para renovar la noción heredada de la democracia”. Los historiadores que se habían ocupado de la evolución del partido en esos años solían encontrar referencias y alusiones a los autores aquí nombrados “particularmente a Togliatti, en distintos documentos de discusión interna y en artículos publicados desde 1957 por Santiago Carrillo, Jorge Semprún, Fernando Claudín, Francesc Vicens, Manuel Sacristán, Adolfo Sánchez Vázquez y otros”. Sólo que, matiza, la mención de ciertos nombres solía tener por entonces, en los documentos políticos, un carácter ritual. Basta con recordar al respecto, el ejemplo es más que pertinente, “que el número de Nuestra Bandera (enero de 1965) dedicado a la crítica de las tesis de Claudín se abría con estas palabras de Antonio Gramsci: ‘Los daños que puede acarrear un error del Partido unido pueden ser fácilmente superados; los daños de una escisión o de una situación prolongada de escisión latente son irreparables y mortales".
Sobre estos documentos y artículos había que matizar dos cosas. 1ª: Las publicaciones en que esas referencias o alusiones podían aparecer entonces, “solían llegar tarde, mal y con cuentagotas a las organizaciones comunistas del interior, y de éstas, por lo general, sólo a las universitarias o a los cuadros intermedios del partido”. 2ª. La forma en que se transmitía a las bases, a través de los cuadros, “la discusión recogida en las actas de las reuniones de los grupos dirigentes del PCE y del PSUC no contribuyó tanto a la renovación de la noción de democracia cuanto a la reafirmación de la "doctrina" generalmente compartida al respecto”. De tal manera que ésta se mantuvo invariable por abajo, al menos, señala FFB, hasta la segunda mitad de los sesenta.
Para FFB, estaba convencido de ello, “la falta de reflexión crítica sobre la noción de democracia y aquel retraso en la renovación de las ideas adquiridas al respecto fue uno de los errores que más caro han pagado los partidos comunistas en la segunda mitad del siglo XX”. No sólo, por supuesto, por supuestísimo, el PCE y el PSUC. También este error exige una explicación “que en nuestro caso tiene su particularidad”.
Varios factores deberían ser tenidos en cuenta en opinión de FFB: Es el siguiente apartado de su texto.
El primero: “la teoría marxista y leninista de la democracia fue elaborada en momentos y circunstancias históricas muy anteriores y muy distintas a las creadas después de la segunda guerra mundial”. Fue elaborada pensando en las restricciones y limitaciones a la democracia establecidas por el liberalismo después de las revoluciones de 1848 y de la Comuna de París, y, sobre todo, en el caso de Lenin, ”en la particular situación de Rusia, país en el que el absolutismo seguía vigente todavía en la primera década del siglo XX”.
La excepción más importante a todo lo anterior había sido, claro está, la de Gramsci en los cuadernos escritos en cárcel entre 1928 y 1936.
El segundo: los republicanos españoles (liberales en la mejor acepción de la palabra (que también la tiene), socialistas, comunistas y anarquistas) “habían pagado muy cara, entre 1936 y 1939, la "traición" de las llamadas democracias occidentales ante la sublevación franquista” y ante el apoyo a ésta de los nazis alemanes y de los fascistas italianos durante la Guerra Civil. Razón por la cual, la memoria –bien acuñada por FFB en su propia memoria- de aquella felonía de las democracias “seguía aún muy presente en la resistencia antifranquista, de la que el partido comunista era parte principal”.
El tercero: “la constatación, desde la década de los cincuenta, del apoyo directo que el régimen dictatorial de Franco estaba recibiendo por parte de los gobiernos de la considerada principal democracia de la época, los Estados Unidos de Norteamérica”. Los acuerdos y los bases son de principios de los cincuenta. Si a eso se une, añade FFB, “el que la propia dictadura franquista estaba presentándose continuamente a sí misma como una "democracia orgánica", se comprende que así, sin más, la palabra "democracia" no suscitara por entonces particulares simpatías ni entre los veteranos derrotados republicanos ni en las generaciones más jóvenes que querían enlazar con ellos”. No la suscitaba. Por debajo de las virtudes que a la noción de democracia pudieran atribuir los teóricos del tema, los de abajo (no sólo, por supuesto, los comunistas marxista-leninistas) “veían demasiados vicios en las democracias entonces realmente existentes”.
En la democracia "orgánica", veían, obviamente, una farsa para lavar la cara a la tiranía; en la democracia norteamericana, un amigo privilegiado del régimen dictatorial; y en las democracias francesa e inglesa, la contradictoria amalgama entre "La Marsellesa", el recuerdo de lo que había sido la "no intervención" y el apoyo más o menos directo a Franco. 
A todo lo cual habría que añadir, FFB lo añade claro está, la importancia que en aquellos años la cultura y la lucha antifranquista concedía, con razón, “a las barbaridades y desmanes de los gobiernos y las clases dirigentes de las democracias realmente existentes contra los pueblos que entonces luchaban por liberarse del yugo colonial o semicolonial en África, Asia y América Latina”. Baste pensar en la democracia usamericana y el golpe de Estado de Pinochet (entre quince más) o la actitud del gobierno USA –y de otros gobiernos europeos occidentales- ante la revolución sandinista.
Leen la historia de esos años al revés quienes en el presente, señala críticamente FFB, desde una percepción de la democracia política que corresponde ya a otra época histórica, “acusan de antidemócratas a los comunistas de aquellos tiempos en España basándose exclusivamente en documentos doctrinarios”. Entre nosotros, Francesc-Marc Àlvaro es un ejemplo que no es necesario destacar. Son legión. La derecha catalana, nacionalista o no, está llena de portavoces o portacoces de esta tesis indocumentada y más que interesada.
Y la tergiversaban, añade FFB, por apología directa o indirecta del franquismo, “quienes ahora escriben que los comunistas eran antidemocráticos por contagio de las ideas del régimen que combatían”. La falsaria idea pseudoliberal de que los extremos político-ideológicos se tocan en el punto de la valoración de la democracia “está muy extendida pero tiene poco que ver con la realidad”. Es, además, un sarcasmo hablar de contagio ideológico “cuando la ideología fascista impuesta y dominante liquidaba, silenciaba o censuraba en la práctica a todas las demás mediante la utilización funcional de todos los aparatos del estado”.
Pero explicar, en todo caso, matiza FFB, no es justificar.
Se había dicho muchas veces, al tratar el tema de la democracia, que los comunistas de aquellos años “veían con mucha claridad la mota en el ojo ajeno y tendían a no ver la viga en el ojo propio, el del socialismo, por lo menos hasta 1968”. En gran parte, se impone el reconocimiento, eso era cierto también para nosotros. Salvadas importantes excepciones, fuera por ignorancia o por estrabismo, “la verdad es que en las organizaciones del partido comunista solía oponerse el ideal del socialismo a las democracias realmente existentes; de este modo se pasaba por alto que también había un socialismo realmente existente y que de éste lo menos que podía decirse es que fuera una democracia material, social, nueva o mejor que las otras”. Los ideales, también entonces y en general siempre, han sido mejores que las realidades. Había que reconocer, la autocrítica también es el motor de la historia de las ideas, cuanto menos en el caso de FFB, “que al establecer esa oposición entre ideal socialista y realidad de las democracias llamadas liberales nos lo poníamos fácil”.
Por lo demás, la historia y la Historia cuentan y teniendo en cuenta las condiciones en que se había desarrollado la lucha política en España desde el final de la Guerra Civil hasta los primeros sesenta “tampoco podía esperarse aquí una batalla teórico-ideológica sobre la noción de democracia como la que se dio, por ejemplo, en Italia a partir de un célebre artículo publicado por Norberto Bobbio en Nuovi argomenti, en 1954, con el título de "Democrazia e dittatura", intervención que fue considerada por los comunistas (Togliatti, Gerratana, Della Volpe, entre otros) como "cortés provocación"”.
FFB hace el siguiente resumen del artículo del jurista italiano que conoció personalmente años antes en Madrid (contribuyó a uno de sus libros sobre “Izquierda y Derecha”, presentándose en su comentario del libro como “Paca Fernández Buey”):
Sostenía Bobbio que los defensores de la “dictadura del proletariado” deberían tomar en consideración la forma de los regímenes liberal-democráticos. En consecuencia, “juzgar a éstos no tanto por su naturaleza de clase cuanto principalmente por el hecho de que en ellos se ha ido incorporando "una técnica jurídica más refinada y avanzada"”. Bobbio mantenía, por otra parte, “que la diferencia entre régimen soviético y regímenes occidentales no era cuestión de mayor o menor grado de democracia sino que pasaba por la existencia de garantías en un caso y por la ausencia de libertades en otro”.
Todo lo cual –“dicho inmediatamente después de la muerte de Stalin pero antes de las "revelaciones" del XX Congreso del PCUS sobre lo que había significado el estalinismo”- abría una puerta a la reconsideración y ampliación de la teoría marxista de la democracia. Una puerta que, aunque con reticencias y algún que otro sarcasmo sobre el liberalismo, “algunos comunistas italianos entreabrieron para repensar la cosa, volver a dialogar con Marx y con Gramsci, admitir explícitamente lo más obvio (o sea, la degradación del socialismo en la URSS) y, en algún caso, para recuperar de paso a un autor no marxista, el Kelsen de Esencia y valor de la democracia, con la consideración de que éste aún podía servir de ayuda teórica en la doble crítica que se creía justa y necesaria”. Por una parte, la de los límites de la forma de la democracia liberal, parlamentaria, representativa e indirecta, y, por otra, “la de los límites de una dictadura del proletariado que a todas luces se había convertido no sólo en dictadura sobre el proletariado” sino en otra cosa muy distinta: “la negación de cualquier forma de democracia política digna de ese nombre”. No siempre fuimos capaces de verlo a tiempo. El que suscribe es también un ejemplo de esta tardía comprensión.
De aquel diálogo italiano, nacido de la "cortés provocación", para repensar la noción o las nociones de democracia de la mano de Marx y de Rousseau, pero también de Kelsen y de Bobbio, prosigue FFB, apenas hubo eco “entre los comunistas españoles que conocí en los primeros años de militancia, aunque probablemente también aquí había personas que pensaban así, puesto que Bobbio, Della Volpe y Gerratana empezaban a ser conocidos en los ambientes intelectuales comunistas y Palmiro Togliatti era frecuentemente citado”. Valentino Gerratana, por ejemplo, el gran editor de Gramsci, fue traducido por él y publicado en dos volúmenes en Hipótesis, la inolvidable colección que codirigió con Sacristán para Grijalbo.
De todas formas, hablando de aquellos años de censura y clandestinidad desde el recuerdo personal, siempre había que curarse en salud: “la mayoría de las cosas que las personas pensaban entonces, y más si se era comunista, no se podían escribir o decir en público”. Tal vez, admite FFB, haya habido ecos de aquel diálogo, en el lenguaje de Esopo, que escapan a mi recuerdo. Los historiadores harían bien consultando a este respecto, además de Cuadernos para el diálogo, Realidad o Nous Horitzons (en las dos últimas participó activamente FFB, también la primera), “revistas de cine, teatro y cultura en general, en las que escribían intelectuales comunistas comprometidos”. Jordi Mir, el discípulo por excelencia del autor de Para la tercera cultura, así lo ha hecho en su tesis doctoral.
Lo último que acababa de señalar podía dar una pista para estudiar mejor lo que entendían entonces los comunistas por democracia y la democracia a la que aspiraban. Pues si era verdad que antes de 1968, en comparación con lo que ocurría en Italia, “hubo aquí poca reflexión teórica sobre el nexo entre democracia y socialismo, como se ha dicho tantas veces, en cambio, en la actividad práctica, en el seno de los movimientos sociales que entonces despuntaban, empujados o hegemonizados por comunistas, se dieron aportaciones de muchísima enjundia para el asunto que nos ocupa”.
La praxis es también un punto central en estas temáticas. Cuando se estudiaba en detalle lo que habían sido los orígenes y primeros desarrollos de las comisiones obreras (insisto: orígenes y primeros desarrollos, de ahí el dolor por nudos de su evolución posterior), de los sindicatos de estudiantes en la universidad y de las asociaciones de vecinos en los barrios “se entiende mejor aquello que dije antes acerca de la contradicción entre la "doctrina" marxista-leninista de la democracia, generalmente asumida en los papeles de altura, y la práctica democrática de los comunistas de carne y hueso que trabajaban en las organizaciones sociales antifranquistas”. Del mismo modo, estudiando el funcionamiento real del PSUC, del PCE por abajo, estudiando la actividad cotidiana de las células, para lo cual, en su opinión, la historia oral y los testimonios comparados eran fundamentales, se entendía también mejor “qué era aquello del centralismo democrático en la práctica, o sea, la democracia hacia dentro”.
El siguiente punto del trabajo se centra en la democracia en la práctica tomando nuevamente como punto de partida sus propios recuerdos. “Empezaré con lo del centralismo democrático, expresión que, con los años, el cambio de los tiempos, el transformismo de los intelectuales y el anticomunismo rampante, se ha ido convirtiendo en una especie de truculencia que casi todo el mundo identifica con autoritarismo, disciplina impuesta y práctica indiscriminada del ordeno y mando por parte de una dirección supuestamente alejada de las bases”.
Tal vez, admite FFB, él era por entonces según dice un comunista un poco raro y despistado. Tal vez. ¿Despistado Paco FB?. Empero, “tengo que decir que así como la doctrina del partido acerca de la democracia y la dictadura del proletariado me produjo cierta insatisfacción, en cambio la práctica del centralismo democrático, tal como la viví en el PSUC de los años sesenta, me pareció bastante sensata en los primeros años de militancia”. Como nunca FFB tuvo cargos responsabilidad en la dirección del Partido no cabe leer lo que iba a explicar como una justificación a posteriori.
FFB se centra en el período 1964-1968. Al menos en Barcelona, señala, y contra lo que solía repetir el tópico del autoritarismo antidemocrático, “el centralismo era en el partido más bien laxo. Se ha dicho a veces que en el partido comunista las órdenes y las consignas circulaban de forma jerarquizada, de arriba abajo, que eso impedía el libre pensamiento de los militantes y que de centralismo había mucho y de democracia casa nada”. Aunque sin duda era posible encontrar ejemplos de prácticas autoritarias –“y esos ejemplos han sido magnificados como expresión del centralismo democrático en varias de las historias del partido que he leído”-, su impresión era otra muy distinta: “los casos de autoritarismo patente tenían más que ver con el particular carácter de tal o cual dirigente, como ocurre en cualquier otro grupo organizado, que con la forma de organización que se designaba entonces con aquel nombre”.
Uno de los recuerdos que FFB trae a colación se refiere –nada más y nada menos- al asunto Claudín-Semprún. En una de reuniones de célula a las que asistió el autor a principios de 1965 se propuso discutir el tema. Como punto principal del orden del día. Transcurrió así: “vino el responsable de la dirección correspondiente; nos informó del punto de vista de la dirección del partido; criticó las opiniones de los disidentes, que habían sido ya expulsados, creo; y nos pidió la adhesión colectiva a la opinión "mayoritaria" que era, obviamente, la de la dirección” (la posición de Sacristán en el asunto puede verse en varias de la entrevistas incorporadas a los documentales “Integral Sacristán” de Xavier Juncosa, El Viejo Topo, Barcelona, 2006, y la flexibilidad del Partido en el asunto, y de Sacristán más en concreto, fue reconocida por August Gil Matemala en la entrevista que le realizamos).
Como el responsable pretendía que discutieran las opiniones de los disidentes exclusivamente a partir de lo dicho sobre ellas en Mundo Obrero y Nuestra Bandera por el secretario general del PCE, entonces Santiago Carrillo, alguien objetó que no era esa la forma de discutir, que para discutir en serio había que tener los informes completos de las partes, cosa manifiestamente imposible en aquellos momentos. “No hubo, pues, acuerdo ni adhesión. Semanas después se produjo una "caída" que ponía en peligro la organización universitaria. No se volvió a hablar del asunto. Nadie dijo tampoco que fuéramos "claudinistas", ni, que yo recuerde, hubo imposición alguna desde arriba”. Tampoco tuvieron los papeles que pedían “que sólo leí muchos años después” (los publicó El Viejo Topo en los setenta. Eso sí, remarca FFB, “seguimos trabajando en lo que tocaba, que era la agitación en la universidad para copar el SEU desde dentro y tratar de democratizar su estructura en lo posible”.
Otro recuerdo de aquellos años al que hace referencia FFB tiene que ver con el asesinato de Grimau, con la manifestación que se convocó para protestar por ello en el cruce barcelonés entre las Ramblas y la calle entonces llamada Pelayo (Pelai actualmente). “También a ese momento se han referido varios dirigentes del PSUC en sus memorias precisamente porque hubo cierto desacuerdo en la dirección (en este caso con Manuel Sacristán, que jugaba un papel central en la organización universitaria) sobre si había que convocar el acto de protesta o no”.
En la célula del camarada Eloy (“Eloy” es el nombre del hijo de FFB y Neus Porta) se discutió el asunto. Sabían que la organización universitaria del PSUC también estaba dividida al respecto. ”Oí decir que los "claudinistas" mantenían que no había que ir porque aquello, aunque moralmente justificado, era mero voluntarismo y que la concentración no pasaría de ser un mero acto testimonial que pondría en peligro la continuidad del partido. También nuestra pequeña célula se dividió: unos fueron y otros no”.
FFB fue (fue, si no recuerdo mal, una de sus primeras manifestaciones, o la primera. Las últimas: 14 de abril de 2012, 1º de Mayo del mismo año). La concentración en Ramblas-Pelayo para protestar por el asesinato de Julián Grimau fue, efectivamente, “un acto testimonial a partir del cual la policía detuvo a varias personas con responsabilidades en el PSUC, entre ellas, como es conocido, al filósofo y profesor universitario Manuel Sacristán”. Empero, “que yo recuerde, no hubo ni reproches ni reparto de medallas desde arriba. Ni siquiera llegué a saber hasta mucho más tarde, leyendo memorias de otros, cuál era la posición de la dirección del partido”.
Al aludir a estos recuerdos, señala, no pretende dar prioridad a la memoria personal, menos a la suya, sobre el trabajo por hacer en los archivos. Sólo pretende llamar la atención acerca de un problema que venía observando en la bibliografía sobre el comunismo de aquellos años y a la que se había referido el gran historiador Giaime Pala en su investigación sobre la historia del PSUC (resuelta en una tesis doctoral enorme, excelente). “A saber: que como la mayoría de los documentos escritos que han quedado (incluidas las actas de reuniones) son materiales de dirigentes, se tiende a magnificar, a partir de ellos, las discusiones, polémicas y discrepancias por arriba, en las alturas, y se presta poca atención a lo que decía y hacía por abajo”.
Vista la cosa desde abajo resultaba -FFB volvía al ejemplo ya mencionado, el de la crisis Claudín-Semprún- que esos asuntos “trascendentales” tuvieron menos repercusión en las células que tal o cual "caída", que tal o cual actividad de los comunistas en las movilizaciones, en el impulso real, práctico, en los movimientos sociales. “Por motivos prácticos, de la actividad cotidiana, las imposiciones y los centralismos, se notaban menos. Por eso digo que, visto desde abajo, el centralismo democrático funcionaba razonablemente bien”.
Lo anterior le llevaba a otra reflexión, paralela a la anterior. Vistas las cosas desde abajo, “los calificativos de tipo ideológico, los clichés que habitualmente se emplean para justificar o criticar tales o cuales acciones prácticas, cuentan menos, mucho menos, que lo que cada uno, en su fuero interno, está en disposición de hacer”. Esta disposición para hacer o estar en tal momento, en tal sitio, particularmente cuando hay peligro real, de alta tensión, “tiene más que ver con los hígados y con el sistema nervioso de las personas que con las ideologías con que solemos disfrazar vacilaciones, valentías y cobardías”. Como diría Voltaire, señala alguien que conoció muy bien las razones praxeológicas y el mundo que las amparaba, “primero actuamos y luego buscamos la justificación ideológica de nuestras acciones”. Desde luego: no parece que los comunistas puedan –FFB escribe “podamos”- quedar al margen de esa regla general. Ni entonces ni ahora. “Si creemos que no hay que ir o estar en, la acción que se haga será "testimonial" (en el sentido peyorativo de la palabra); si, por el contrario, hemos decidido ir o estar en, la acción será "políticamente correcta"”. El argumento es impecable, alejado de cualquier fauna de falacias ocultadas.
Luego, prosigue FFB, rebuscamos en el arsenal ideológico heredado el cliché que se supone corresponde a la "corrección política" o a la acción testimonial de carácter ético previamente establecida. Pues bien, añade: “el centralismo democrático mal entendido (o sea, la eliminación de la autonomía individual y colectiva y de la democracia interna) se caracteriza por el hecho de que el "centro" decide siempre qué es lo políticamente correcto y qué lo testimonial (eso en el mejor de los casos; en el peor, "lo incorrecto" sin más)”. Esto es algo que afecta por igual, lo señala alguien con años y años de militancia política que nunca dejó de considerar la importancia central de esa apuesta (de ahí su admiración y apoyo a la práctica política de largo alcance de compañeros y camaradas como Víctor Ríos, Manolo Monereo o Julio Anguita) a todos los partidos políticos que había conocido, antes y después de la democracia, y eso, independientemente, de cómo llamaran a su forma de organización, de qué siglas usaran para designarse.
Como en el caso que estaba narrando no se les dijo nada que afeara sus conductas, “deduje que teníamos un "centro" sensato y comprensivo, nada impositivo, tolerante, digámoslo así, con la parte que estaba dispuesta a equivocarse (o a dar testimonio, si se prefiere hablar de esta manera)”. Podía, desde luego, recordar también situaciones en que esto no fue así: “en alguna de esas situaciones anduve también metido, pero intentando hacer memoria sobre lo que fue mi militancia en el partido hasta 1977 creo poder decir sin mentir que estas situaciones, en las que el centralismo se impuso a la democracia, fueron menos que las otras”. Y para decirlo todo, FFB acostumbraba a decirlo todo (que la verdad era revolucionaria era un lema querido por Gramsci y por él mismo): “también creo que hubo más centralismo y menos democracia en el partido comunista inmediatamente después de la muerte de Franco, cuando se hablaba ya de legalización y de islas de libertad, que en los años sesenta, a los que estoy haciendo referencia mayormente”.
Bastaba con pensar en la forma en que se decidió aceptar la monarquía borbónica y su bandera (que, desde luego, él nunca aceptó ni hizo suya) o como se firmaron más tarde (y cómo se justificaron: como paso firme hacia el socialismo) los pactos de la Moncloa.
En el último apartado, FFB habla de la concepción comunista de la democracia: hacia fuera, en la sociedad.
En su opinión, la contribución de los comunistas a la democratización en las fábricas, universidades, centros de enseñanza en general y asociaciones de barrios a lo largo de los años sesenta está fuera de toda duda razonable. “El proceso de democratización del tejido social en España, aguantando la represión de la dictadura franquista, fue en gran parte un mérito de los comunistas organizados”. No sólo de los comunistas, desde luego, no hay sectarismo en la observación, pero sí principalmente de los comunistas. “Así lo han reconocido, por lo demás, muchas personas de otras ideologías. Las comisiones obreras, los sindicatos democráticos de estudiantes y las comisiones de barrio”, impulsados mayormente por militantes comunistas (no sólo por militantes del PSUC, del PCE o de colectivos próximos), “fueron en aquellos años una escuela de aprendizaje de la democracia, o, por mejor decir, escuelas de demócratas, en tierra adversa, en territorio enemigo”.
De las experiencias vividas en todos estos años la más radical y plenamente democrática, en su opinión, fue la del SDEUB “durante los meses que van desde el otoño de 1965 hasta el otoño de 1967”. Escribió un libro sobre ello (y sobre asuntos próximos): Por una Universidad democrática, un homenaje explícito al SDEUB y al texto de su amigo, maestro y compañero.
FFB señala que sabía si se podía decir algo parecido acerca de los sindicatos democráticos de estudiantes que sustituyeron al SEU en otras universidades, en las de Madrid, Valencia y Andalucía por ejemplo. Pero, en cualquier caso, “me parece relevante el hecho de que todas las investigaciones publicadas a este respecto hayan subrayado algo que también yo recuerdo bien: la Junta de Delegados del SDEUB, desde la creación de éste hasta su práctica disolución en 1968, pasando por su momento culminante, que fue la constitución formal del mismo en la Asamblea celebrada en los Capuchinos de Sarrià el 9 de marzo de 1966, estuvo siempre compuesta por una mayoría de comunistas organizados en el PSUC”. En la exposición “He mirat aquesta terra” del CCCB, dedicada a Salvador Espriu (a quien Paco FB conoció y estimó), hay testimonios de ello.
Tal vez la palabra conveniente para caracterizar aquella situación “no sea la de "hegemonía comunista", que se ha usado frecuentemente, puesto que eso de hegemonía es mucho decir”, pero no le cabe ninguna duda de que el trabajo de los comunistas “fue ahí esencial para dar forma a un tipo de organización que, durante algún tiempo, fue un ejemplo de combinación de democracia asamblearia y democracia representativa”. El historiador/a que repase lo que fueron los estatutos del sindicato, “a cuya discusión y aprobación se dedicaron muchísimas horas y asambleas” (las suyas y las de Neus Porta entre muchas otras), podrá valorar en su justa medida lo que él estaba diciendo. Casi parece mentira, remarca con toda razón, “que pudiera dedicarse tanto esfuerzo a una cuestión formal, la de la forma de la democracia (por hablar como Bobbio), en un momento en el que la brigada político-social [y el temible Creix, FFB supo de sus caricias fascistodes] y la policía armada del franquismo eran omnipresentes y en un país en el que, como he recordado antes, no había demasiados motivos para apreciar la formalidad de la democracia”. A pesar de lo cual, concluye FFB, ahí están los papeles para probarlo.
En cuanto al contenido de la democracia que se quería entonces, era posible establecer una idea muy aproximada leyendo el Manifiesto por una universidad democrática, el principal documento del SDEUB, aprobado por más de 500s delegados estudiantiles. Su redactor principal fue también un comunista: Manuel Sacristán.
Tampoco me extenderé en esto porque el texto ha sido reproducido y analizado luego muchas veces. Sólo querría recordar aquí que en ese texto hay tres ideas básicas que los comunistas de entonces defendíamos y compartíamos, por supuesto, con otros antifranquistas, a saber: la aspiración a una democracia económica y social, avanzada y autogestionada, no sólo, por tanto, político-jurídica; la aspiración a una democracia pluricultural (lo que implicaba el reconocimiento de las diferencias lingüístico-culturales existentes en el Estado); y la noción del carácter procesual, o sea, no sólo procedimental, de la democracia, lo que se expresaba diciendo que las libertades y derechos por los que se puede juzgar el nivel de democracia real de un país se conquistan, no se otorgan.
¿Alguna consideración absurda, algún punto obsoleto? ¿Logran detectarlo en nuestro hoy?
La pregunta ahora, comenta FFB, es entonces la siguiente: “¿cómo compaginaban los comunistas que escribían éste y otros documentos parecidos, en favor inequívocamente de la democratización del país, tal concepción de la democracia con la "doctrina" del instructor de turno sobre el socialismo y la necesidad de la dictadura del proletariado?” No era ociosa la pregunta: bastantes personas, dentro y fuera del PSUC y del PCE, se la hicieron entonces y, con más fuerza aún, a partir del doble aldabonazo que representaron París y Mayo del 68 y la invasión de Praga ese mismo año.
FFB recuerda una anécdota curiosa que venía al caso y que referirá porque le ahorrará palabras. Uno de los estudiantes extranjeros que asistió como invitado a la asamblea constituyente del sindicato, al ser interrogado poco después por un periódico francés acerca de la influencia comunista en la misma, “contestó sin ambages que no había visto a ningún comunista en la asamblea ni había observado ninguna consigna comunista en sus documentos o en sus debates”. Pensando en el número de militantes del PSUC (o próximos a él) que había en la presidencia de tal asamblea, en el papel que habían jugado, y pensando también en los redactores de sus principales documentos, “recuerdo que los componentes de la Junta de Delegados del SDEUB nos reímos mucho de estas declaraciones y comentamos algo así: "Santa Lucía le conserve la vista"”.
Pues bien, retrospectivamente, la dialéctica de FFB es excelente también aquí, a la hora de reconstruir la concepción que los comunistas tenían de la democracia, “habría que decir que Santa Lucía había conservado bastante bien la vista al colega extranjero y que, en cambio, muchos de nosotros no nos dábamos del todo cuenta de que, siendo comunistas, estábamos defendiendo un concepto amplio de democracia y actuando en consecuencia (al escribir los documentos y al actuar en las asambleas)”. Para decirlo más claro aún:
[…] estábamos escribiendo y haciendo lo que se supone que deberían haber escrito y hecho quienes se consideraban a sí mismos sólo demócratas, y no comunistas o socialistas (y en bastantes casos, dado el impulso de la ideología de la guerra fría, anti-comunistas y anti-socialistas). Tal vez no habíamos olvidado lo que nos enseñó el instructor marxista-leninista sobre la dictadura del proletario, pero lo cierto es que actuábamos en la práctica como si esa parte de la doctrina no existiera ya para lo que había que hacer en la práctica. 
De este conflicto o contradicción interna se siguieron dos cosas que el historiador debería tener en cuenta señala FFB. 1) que tal práctica estrictamente democrática atrajo al partido a un número creciente de militantes antifranquistas “que no eran estrictamente comunistas si se ha de juzgar sobre la cosa a partir de la doctrina de los instructores”. 2) que precisamente la manifestación de este conflicto entre doctrina y práctica, al hacerse consciente, “estuvo en el origen de varias escisiones y divisiones que iban a fragmentar la organización del partido e influir también en el posterior desarrollo de los movimientos sociales”.
Sin pretender reducirlo todo a la conciencia o falta de conciencia acerca de esta contradicción entre doctrina -verbalmente mantenida por arriba- y práctica -mayoritariamente ejercida por abajo-, FFB creía que se podía decir que “la aparición primero del grupo "Unidad" en el PSUC, en mayo de 1967, la escisión posterior y la creación por último del PC(i) y de los grupos marxista-leninistas tuvieron mucho que ver con esto que estoy diciendo”. Estos grupos vieron bien la dimensión de la contradicción, aunque luego, como solía ocurrir, “el recubrimiento ideológico de aquella verdad de partida (la idealización del maoísmo y la autodepuración) hizo del remedio que se proponía algo peor que la enfermedad que se pretendía curar”.
Los efectos y consecuencias del anterior conflicto, hacia dentro (partido) y hacia fuera (organizaciones llamadas entonces "de masas"), se podían observar y reseguir prácticamente hasta el inicio de la llamada transición y la teorización del "eurocomunismo". Esto último, que también fue objeto de su reflexión (artículos en Materiales y mientras tanto por ejemplo, aunque no únicamente en esas revistas) rebasaba ya lo que se había propuesto escribir.
En todo caso, tras este apasionante recorrido, ¿qué decir, qué hacer? Pues lo siguiente:
Si hubiera que llegar una conclusión drástica sobre comunismo y democracia en esta historia, probablemente habría que decir que la práctica, una vez más, fue mucho mejor que la teoría heredada; que los historiadores que juzgan el papel del partido comunista en la lucha por la democracia teniendo en cuenta sólo los documentos doctrinarios que se producían por arriba se pierden más de la mitad de la cosa; y que sería interesante estudiar a fondo los intentos, pocos pero relevantes, que se hicieron en España, en las décadas de los sesenta y los setenta, por abordar aquella contradicción real con conciencia de la misma.
No está mal, nada mal. Un excelente programa de investigación que diría Imre Lakatos, al que sin duda hubiera gustado mucho conocer algunas de estas reflexiones. Este gran filósofo de la ciencia, menos reconocido de lo que hubiera justo y necesario, supo bien de algunos nudos poco afables de aquello que llamábamos socialismo real, asediado ciertamente desde mil vértices, desde mil trincheras (nunca el enemigo muy afable ni pacífico) pero también con algunos dirigentes ofuscados y nada sólidos en su interior, en el corazón de aquel intento que también tuvo sus tinieblas y sus oportunistas. Y sus grandezas por supuesto y también gentes admirables desde luego.
PS. Hablando de democracia, de tradición y de miradas históricas informadas y con conciencia de las situaciones y sus entornos: ¿y si hiciéramos de 2014 el año Jaurés?
Dos compañeros –Francisco Xavier Pardo y Alejandro Andreassi-, cultos, sabios, solidarios, comprometidos y antisectarios por definición vital, amigos ambos de Francisco Fernández Buey, han escrito en este sentido
Amigo y compañero Salva,
Como tengo el médico de vacaciones y el XXX sustituido por los polvorones, me sigo barruntando (entre la perplejidad y el knock-out), y tal como me ocurre desde hace muchos años (y desde hace un par ¡ni te digo!), por qué la tradición marxista catalana (y la vasca, y la de Marilaneda, y la de...; o sea, la, digamos, "nuestra", que no -quizás- la de la inmensa mayoría de los "nuestros") es "genéticamente" -valga la expresión- incapaz de acoger en su seno, de convertirlo en un clásico y de llevarlo al liderazgo moral a un Jean Jaurès (1859-1914), por poner un interesado y bello ejemplo a propósito del centenario de su asesinato por oponerse -con sentido internacionalista- a lo que iba a ser la gran masacre, la inmensa carnicería humana que fue la 1ª Guerra Mundial.
Y no se me ocurre una respuesta racional al por qué de ello (al por qué Jean Jaurès, o Rosa Luxemburg) no son "nadie" ni "nada" para la mayor parte del rojerío hispano, sin darme cuenta de que su enunciación me dejaría ya sin amigos ni saludados en toda esta casa nostra y en las casitas de allá.
Dicho sea a las puertas del año 2013+1 en que, muy probablemente, en su transcurso, ni en ICV, ni en IU, ni en el PCE, ni en el PSUC-viu, ni en EUiA, se recordará la figura de Jean Jaurès, ni se le mentará a propósito del centenario de su asesinato, por más que, a mi entender, su figura y su alcance moral son de una enorme importancia y actualidad”.
[…] No obstante, mi "Christma" con mis mejores augurios para ti y los tuyos, para ese largo año, de antipático guarismo casi innombrable, es esta canción que te pongo debajo que, o la tendrás en un viejo LP [de Jacques Brel] o la podrás oír en "you tube".
Saludos, y un fuerte abrazo.
xavier

Jaurès" par Jacques Brel
Ils étaient usés à quinze ans
Ils finissaient en débutant
Les douze mois s´appelaient décembre
Quelle vie ont eu nos grand-parents
Entre l´absinthe et les grand-messes
Ils étaient vieux avant que d´être
Quinze heures par jour le corps en laisse
Laissent au visage un teint de cendres
Oui notre Monsieur, oui notre bon Maître

Pourquoi ont-ils tué Jaurès?
Pourquoi ont-ils tué Jaurès?

On ne peut pas dire qu´ils furent esclaves
De là à dire qu´ils ont vécu
Lorsque l´on part aussi vaincu
C´est dur de sortir de l´enclave
Et pourtant l´espoir fleurissait
Dans les rêves qui montaient aux cieux
Des quelques ceux qui refusaient
De ramper jusqu´à la vieillesse
Oui notre bon Maître, oui notre Monsieur

Pourquoi ont-ils tué Jaurès?
Pourquoi ont-ils tué Jaurès?

Si par malheur ils survivaient
C´était pour partir à la guerre
C´était pour finir à la guerre
Aux ordres de quelque sabreur
Qui exigeait du bout des lèvres
Qu´ils aillent ouvrir au champ d´horreur
Leurs vingt ans qui n´avaient pu naître
Et ils mouraient à pleine peur
Tout miséreux oui notre bon Maître
Couverts de prèles oui notre Monsieur
Demandez-vous belle jeunesse
Le temps de l´ombre d´un souvenir
Le temps de souffle d´un soupir

La nota, excelente, de Alejandro Andreassi, dice así:
Salvador,
Estoy totalmente de acuerdo con Francisco Xavier Pardo. Jean Jaurés ha sido olvidado muy injustamente por las izquierdas porque fue considerado un "reformista" sin paliativos. Sin embargo su lucha por la democracia y por la república, que entendía era el continente en el que cabía el socialismo, fue permanente, enfrentando a la xenofobia, fue junto con Emile Zola, un defensor inclaudicable de Alfred Dreyfuss, porque sabía que ahí no sólo se jugaba la dignidad de un hombre sino también la suerte de la república amenazada por el antisemitismo, el autoritarismo, y a los elementos supervivientes de la aventura boulangista. Así como fue la su lucha por la paz y contra el militarismo, su oposición a la pena de muerte y a las aventuras coloniales criticando la intervención francesa en Marruecos. Pero además fue crítico con el revisionismo encabezado por Eduard Bernstein desde la Revue Socialiste. Stefan Zweig lo cita como una de sus esperanzas ante la amenaza de guerra en 1914: "Confiábamos en Jaurés, en la Internacional Socialista, creíamos que los ferroviarios volarían las vías antes de cargar a sus camaradas hacia el frente como animales hacia el matadero, contábamos con que las mujeres se negarían a sacrificar a sus hijos y maridos al dios Moloc, estábamos convencidos de que la fuerza espiritual y moral de Europa triunfaría en el último momento crítico. Nuestro idealismo colectivo, nuestro optimismo condicionado por el progreso nos llevó a ignorar y despreciar el peligro" (Stefan Zweig, El mundo de ayer, Barcelona, 2001, p. 257), pero Jaurés fue asesinado. Adjunto su último artículo publicado en la Humanité el mismo día en que fue asesinado, y otro artículo con motivo de su muerte del 2 de agosto de 1914.
Un abrazo
Alejandro
Salvador López Arnal es nieto del cenetista aragonés, asesinado en Barcelona en mayo de 1939 –delito: “rebelión militar”-, José Arnal Cerezuela.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

sábado, 28 de diciembre de 2013

China ata su futuro al rol clave del mercado

Jose Siaba Serrate
Revista Debate


Consecuencias geopolíticas y económicas de los cambios propuestos por el Partido Comunista del gigante asiático. La nueva estrategia de desarrollo.

China develó la hoja de ruta que pensó para conquistar el futuro. El Tercer Plenario del 18° Comité Central del Partido Comunista resolvió concederle al mercado un rol decisivo en la asignación de recursos como medio para lograr sus objetivos de largo plazo. “Sólo el socialismo puede salvar a China”, expresó el presidente Xi Jinping, “y sólo la reforma y la apertura pueden desarrollar a China, al socialismo y al marxismo”. En la tradición ecléctica de Deng Xiaoping -quien abrió el país de Mao a las reformas orientadas al mercado en 1978- y Zhu Rongji -quien en 1993 profundizó la huella con la “economía socialista de mercado”-, China se encamina a una nueva etapa evolutiva, por completo a contramano de las enseñanzas de Carlos Marx. Etapa histórica superior que, como ocurrió con las anteriores, el mercado definirá a caballo de una mayor esfera de injerencia. Las autoridades del Partido estiman que -con una prolija ejecución- podrán cosechar sus frutos estratégicos hacia 2020.
Que el mercado vaya a decidir no significa que decidirá todo. Xi lo explica con simpleza: “La economía socialista de mercado precisa de ambos, del mercado y del gobierno, ya que juegan roles diferentes”. La reforma económica -que es la llave de la reforma integral- deberá solucionar los problemas derivados de un sistema de mercado poco desarrollado y de la excesiva intervención gubernamental. Pero, a la par, el gobierno retiene funciones de gran importancia. “Deberá mantener una macroeconomía estable, proveer los servicios públicos, salvaguardar la libre competencia, supervisar los mercados y mantenerlos ordenados, promover el desarrollo sustentable e intervenir cuando se produzcan fallas de mercado”, apuntó el líder. Administrar el balance apropiado entre mercado y gobierno será el desafío de la reforma económica. Todo ello, claro, bajo la férrea tutela del partido único.
La iniciativa es el paso más audaz en la tarea inexorable de mudar la estrategia de desarrollo de China. El modelo de crecimiento del capitalismo de Estado, basado en las exportaciones y la inversión, en la incorporación en masa de mano de obra rural a la industria, y en la generación de ahorros ingentes merced a la represión del consumo, se agotó. La crisis internacional lo puso de manifiesto. Pero la razón principal fue su propio éxito. Luego de treinta años de desempeño estelar, China dejó de ser un nicho y se transformó en la segunda economía del orbe con perspectivas de supremacía en poco tiempo más. Para no quedar atrapada en una congestión previsible, le urge habilitar una autopista alternativa que desarrolle la potencialidad de un mercado interno infraexplotado, que eleve el consumo de su población a los niveles acordes con un país de renta media y que corrija con criterio la mala asignación de los factores de producción.
No es casual que una de las primeras medidas sea el abandono de la política de un solo hijo por familia. La demografía, que fue un motor fenomenal de la expansión, merodea un crítico punto de inflexión. En 2012, anticipándose por varios años a las previsiones, la fuerza laboral cayó sorpresivamente por primera vez. Se redujo en 3,5 millones de personas. Se estima que la dotación actual -940 millones de trabajadores- disminuirá en 29 millones cuando culmine la década. En paralelo, se acentuará el proceso de acelerado envejecimiento. El número de chinos mayores de 65 años se triplicará -totalizando 300 millones- en 2030. La dinámica de crecimiento intensivo -que trasvasaba trabajadores rurales de bajísima productividad hacia ocupaciones industriales urbanas de alta productividad- se truncará por la escasez creciente de su insumo esencial. La reforma de la política poblacional buscará elevar la baja tasa de fertilidad actual -1,5%- pero no podrá torcer la tendencia de fondo. ¿Habrá un “baby boom”? El cambio es marginal. Nada permite suponerlo.
¿Dónde tallará el mercado y su cambio de status “básico” a “decisivo”? Según el documento oficial, la tarea primaria de la reforma consiste “en construir un mercado abierto y unificado regido por una competencia ordenada”. Las señales del mercado serán bienvenidas para resolver problemas como los que arrastran la industria -con sus excesos de capacidad instalada- y la actividad inmobiliaria (que también padece un fenómeno de extraordinaria sobreinversión). Las empresas estatales, que se manejan con prescindencia de la disciplina de mercado, tendrán que amoldarse. Y ellas concentran el grueso de la captación del crédito, provocando el desplazamiento de firmas privadas rentables. El sistema de precios será una brújula más adecuada para guiar el uso de los recursos si se le da lugar y se lo libera de la maraña de distorsiones.
El régimen de tierra rural, un tabú hasta el presente, estará alcanzado por la reforma. Los agricultores podrán acceder a su propiedad y transarla en un mercado unificado en el que concurrirán tierras urbanas y rurales en un pie de igualdad de derechos (incluyendo la posibilidad de utilizarlas para la construcción). De esa manera se piensa limitar el monopolio de los gobiernos locales en el control de las tierras, y permitir a los agricultores aumentar su capital de trabajo y participar más plenamente de la modernización del país.
El mercado ganará espacio en una diversidad de renglones que van desde el petróleo y el gas natural a la electricidad, la provisión de agua, el transporte y las telecomunicaciones. La intención de las reformas es facilitar el surgimiento de un entorno competitivo. El sector privado podrá desenvolverse así en condiciones favorables y sin la competencia desigual que hoy beneficia marcadamente a las compañías estatales. El capital privado “calificado” podrá instalar bancos pequeños y medianos, sujetos, eso sí, a una regulación muy estricta.
China se dispone a ampliar el acceso a sus mercados de los inversores extranjeros. La política se enmarca en una iniciativa de ida y vuelta que hará énfasis en la liberalización de mercados (incluyendo servicios como la logística, auditoría y el e-commerce), la apertura económica de sus ciudades del interior y costeras, la promoción de la cooperación regional y los acuerdos de libre comercio, y la autorización a los agentes privados -personas físicas y jurídicas- a invertir en el exterior. Ya sean inversiones físicas o de portafolios, joint ventures o fusiones y adquisiciones de compañías extranjeras.
La reforma se extenderá también al plano fiscal y a los sectores sociales. Esto incluye la educación, la salud pública y el cuidado de niños y ancianos. Las empresas estatales deberán girar el 30% de sus utilidades al gobierno -el tope anterior era del 15%-, lo cual podría constituir la base de un incipiente régimen de seguridad social.
¿Funcionará? Cómo saberlo si no se lo intenta. La tarea es exigente en grado sumo. China demuestra su voluntad y la ambición de sus propósitos. El tiempo dirá si tiene o no la pericia. Y, en última instancia, permitirá saber si el matrimonio entre el mercado y el partido único, una unión por conveniencia, puede continuar acomodando los perfiles antagónicos de los cónyuges.
Fuente: http://www.revistadebate.com.ar/?p=5147

“El pueblo ruso se siente engañado y estafado”



Rusia: Entrevista con Ramón Franquesa, a 22 años de la disolución de la URSS



Ramón Franquesa es profesor de Economía en la Universitat de Barcelona (UB), donde investiga la gestión de recursos naturales renovables, la economía social y los procesos de organización económica no capitalista. En la década de los ochenta participó en un programa de intercanvio de la Universidad Lomonosov de Moscú que le permitió ser testimonio de la disolución de la Unión Soviética y la rápida transición al capitalismo. Àngel Ferrero entrevistó a Ramón Franquesa para La Directa en el barrio de Gràcia de Barcelona. Esta es la transcripción íntegra de la entrevista.
 
¿Por qué motivo viajaste a la Unión Soviética? 
Fui a finales de los ochenta por diversas razones, pero sobre todo porque trabajaba en un grupo de investigación de empresas autogestionadas y cooperativas de la Universidad de Moscú. En aquel momento se hbalaba de cómo se tenia que hacer la reforma económica, y, dentro de este debate, una de las cosas que se planteaban desde la izuiqerda era intentar ver cómo se podían transformar las empresas estatales, gestionadas por el Gosplan de manera muy poco eficiente, en un tipo de empresa más participada por los trabajadores, con más autonomía. El problema de partida era que la propiedad pública únicamente existía como propiedad estatal y eso condujo a que las empresas fueran poco eficientes y tuvieran poca capacidad de innovación. Éste era uno de los elementos que estaba llevando a la Unión Soviética a la pérdida de innovación y a perder, en cierto modo, la carrera económica con Estados Unidos.
El programa donde trabajaba era parte de un programa de intercambio universitario entre la Universidad Estatal de Moscú, la Lomonossov, y la Universidad de Barcelona, pero también era muy informal, porque no había dinero para financiar un proyecto como ahora. Lo que había era un acuerdo de intercambio de conocimientos. En la Lomonossov trabajaba en seminarios y grupos de investigación, pero no en las clases formales. Mi ruso era limitado y la Unión Soviética era un país cerrado en sí mismo. No se podía impartir en otra lengua que no fuera la rusa. Los catalanes que fuimos no tuvimos ningún tipo de retribución, el programa sólo cubría la estancia. Una parte del acuerdo era que yo no podía dejar mis obligaciones académicas en Barcelona. Gracias al resto de los profesores, podía concentrar las clases y eso me permitía tener largas estancias en la URSS.

¿Cuántos años estuviste?
Estuve cuatro años, pero ellos continuaron con el programa. Cuando se disolvió la URSS y se emprendió un camino claro de privatización, su esperanza quedó truncada. Se pasó de unas empresas estatales poco eficientes a unas empresas privadas en manos de grupos de mafiosos. Muchas veces los antiguos directores terminaron apropiándose de aquellas empresas.

Visitaste fábricas y centros de trabajo.
Parte del programa era mantener conversaciones con los trabajadores. El problema que vivia la URSS era técnico, desde el punto de vista económico, pero también político. Parte de un factor de desánimo, no sólo para mí, sino para mucha gente que trabajaba con nosotros, era observar que los trabajadores no entendían lo que estaba ocurriendo y cuáles serían las consecuencias de la privatizacion de las empresas. Sólo veían a corto plazo una relajación de las obligaciones y una tolerancia más grande hacia el mercado negro. Recuerda que en aquella época una parte importante de los ingresos de los trabajadores procedía de llevarse los productos de la fábrica para venderlos en el mercado negro. En estos años de transición, los directores de la fábrica que aspiraban a quedarsela compraron una cieta paz social a partir de la tolerancia hacia este hecho. Después, evidentemente, la situación se invirtió y pasaron a comportarse como verdaderos empresarios: desaparece cualquier concesión en la jornada laboral (hasta entonces el absentismo era frecuente) o en la tolerancia hacia el hurto.

Has explicado que una parte del proceso fue convertir a los obreros en accionistas y después presionarlos para convencerlos de que vendieran sus acciones.
Eso fue en la etapa final. Tienes que pensar que todo el proceso fue muy caótico. Se pretendía privatizar a las empresas, pero este proceso se hizo sin que existiera un sistema impositivo, porque en la URSS, donde todas las empresas eran propiedad del estado, no había beneficios empresariales. Una de las dificultades era que, al introducir un mercado –como instrumento de medida de la calidad–, tenían que introducirse, también, impuestos, mercados de materias primas, productos, etcétera. En este proceso se tenía que introducir un sistema fiscal. Este sistema, sin embargo, no se introdujo hasta más tarde y todavía hoy Rusia tiene un sistema fiscal más que deficiente. La evasión fiscal era (y sigue siendo) elevada y las empresas no tributaban lo que tributarian en un estado capitalista mínimamente avanzado. Los beneficios empresariales tributaban de manera muy deficiente o no lo hacían en absoluto. El estado se quedó rápidamente sin recursos. El único recurso que le quedó fue el de imprimir rublos y generar inflación. Eso provocó una pérdida del valor adquisitivo y la ruptura del acuerdo social que existía previamente. Todos los acuerdos sociales, salarios, pensiones, etcétera, dejaron de tener sentido. La inflación galopante obligó a los pensionistas a volver a trabajar y aniquiló toda la legalidad que se había acumulado durante la Unión Soviètica. Pero políticamente convenía, porque muchos de los empresarios no querían pagar impuetsos y porque era una manera de romper los acuerdos sociales que no podían cambiarse de un día para otro a golpe de decreto. El mecanismo para conseguirlo fue la devaluación de la moneda. Eso formaba parte del caso, que fue un caos planificado por determinados sectores sociales para desmontar la estructura administrativa del país.
¿Qué tipo de debates teníais con los trabajadores?
En este proceso, nuestro trabajo era intentar convencer a los trabajadores y sindicalistas que no vendieran su participación en la propiedad de la empresa, sino que la reinvidicassen para su colectivo laboral. En el momento clave de la transición, cuando Yeltsin llega al poder, el que hace es estimar el valor de todos los activos del país y dividirlo por el número de habitantes para asignar a cada habitante una participación en el valor del país. Este cálculo se hizo de manera fraudulenta. La gente recibió una especie de acciones y los directores de una empresa, si querían comprarla, tenían que reunir las acciones que valía para que el estado se la cediese. Lo que hicieron los empresarios fue comprar estas acciones a los trabajadores, mucho de los cuales llevaban dos mesos sin cobrar, sufriendo calamidades, y dispuestos a vender su participación a bajo precio, prácticamente los precios que les ofrecieron, porque así salían del brete en que se encontraban. La falta de perspectiva política y conocimientos económicos llevó a que la gente se desprendiese masivamente de estas acciones. La diferencia salarial en la URSS era de uno a seis. En este período surgió un núcleo de unas 200 ó 300 mil personas que, de repente, podían comprar el país. La única manera de que aquello fuera posible fue, evidentemente, a través del fraude, el robo y la extorsión.

¿Qué pensaban los trabajadores?
En la URSS la percepción de los trabajadores era que el director de la empresa no era una persona que los estuviera explotando (y, de hecho, era así), sino un intermediario entre ellos y un poder central que se encontraba muy lejos, el Gosplan, la oficina central de planificación en Moscú. Esta persona intermediaba entre el centro y ellos de manera paternalista. Por ese motivo muchos obreros pensaban que la transferencia a estos directores mejoraría todavía más su situación. Así que les vendieron sus acciones. Pero, obviamente, cuando esta persona pasó a tener la propiedad de la empresa ya no se comportó del mismo modo.
Uno de los problemas añadidos era que, si había una incultura económica entre los trabajadores, también la había entre esta clase burocrática. Eso contribuyó a la caída del país. Muchos de estos directores ni siquiera sabían actuar como capitalistas. El primer error que cometieron fue, una vez apropiadas las empresas, capturar como beneficio económico toda diferencia entre costes e ingreso. Es decir, no amortizaron la maquinaria. Es un error grave. Ningún gerente en un país capitalista es capaz de cometer un error así, no entender que algún día tendrá que reponer la maquinaria. Como que se trataba de empresas públicas, la inversión siempre la hacía el estado, no partía de una acumulación interna en la misma empresa. En algunos lugares, cosas como alguna reposición, reparar el techo o poner las bombillas podía correr a gasto de la empresa, pero en cualquier caso la gran inversión procedía del estado. Y estos gerentes que se apropian de las empresas que habían hecho funcionar durante decenios siguen actuando al día siguiente como lo hicieron durante todo aquel tiempo.
Durante la URSS, el Estado se quedaba antes con los beneficios. Había corrupción, pero vista la corrupción que hay hoy en día, la corrupción de aquella época nos parece de risa. Corrupción, en aquella época, quería decir que el director se llevaba a casa un televisor o dos botellas de champán. Era una corrupción que tenía efectos sobre todo en el plano moral. El drenaje de recursos se hacía en la infeiciencia y no porque nadie acumulase grandes cantidades de bienes materiales, entre otras cosas porque uno de los aspectos de la cultura, de la sociedad soviética (tampoco necesariamente demasiado sano, pero era parte de como era la gente) era la envidia. Si el vecino tenía demasiadas cosas, inmediatamente se generaba un entorno agresivo. Quien tenía, tenía que esconderlo y no hacer ostentación, porque de lo contrario tenía quedar explicacions de dónde había salido todo aquello. Era una sociedad que se vigilaba mutuamente y la corrupción estaba limitada.
Cuando llegó el cambio, esta corrupción ya no es de un televisor, sino de coches, casas, inversiones, dinero que se saca rápidamente al exterior. Estos supuestos empresarios se quedan con la empresa, pero la gestionan mal, no hacen, por ejemplo, ninguna inversión. Muchos se convirtieron en simples liquidadores de empresas. Es decir, compraron la empresa y vendieron la maquinaria como chatarra. Es cierto que la situación era muy difícil. Tal era el caos dentro de la Rusia post-soviética, que una fábrica de tejidos, por ejemplo, tenía muchas dificultades para conseguir algodón, porque los transportes no funcionaban o la materia prima se robaba durante el transporte. Al final muchos optaron por vender la maquinaria a los japoneses como chatarra a cambio de tener una cuenta corriente en Suiza, pongamos por caso. En muchos casos se vendieron los terrenos o los apartamentos que eran propiedad de la empresa. Estas liquidaciones no ayudaron a la economía, más bien todo lo contrario: mucha gente terminó en la calle y sin nada, ya que había vendido antes sus acciones de la empresa.

¿Qué papel jugó el capital extranjero?
Las empresas que aún se resistían se vieron forzadas a vender la propiedad a empresas extranjeras a precios muy bajos, la mayoría de las cuales tenía como objetivo cerrarlas para terminar con la competencia. Para evitar una catástrofe, en Polonia, por ejemplo, tuvieron que aprobar una ley excepcional que prohibía la compra de terreno por parte de alemanes. En Rusia, las “inversiones” fueron, sobre todo, estadounidenses. Durante toda la transición había un cierto papanatismo hacia la superioridad estadounidense. El pueblo ruso se ve en este momento derrotado por una potencia que económicamente parece mayor y más capaz, y por lo tanto, el país a imitiar se convierte inmediatamente en los EE.UU. Al menos para una parte de la sociedad. La otra se convirtió al antiamericanismo, que se irá reforzando con el paso del tiempo. En sus inicios había un elemento racional en todo esto, porque los directores rusos se habían limitado en su mayoría a liquidar empresas, pero esta esperanza se desvaneció rápidamente. Estados Unidos no optó por construir un aliado estratégico ayudando a su desarrollo, sino que intentó arruinar al país tanto como pudo. Se siguió vengando del enemigo de la Guerra fría en el pueblo ruso. No era un problema que tuvieran solamente los antiguos dirigentes del Kremlin, a algunos de los cuales los trató i sigue tratando muy bien, sino que era un conflicto que tenía con el pueblo ruso. Y el pueblo ruso ha pagado este odio de sectores influyentes de Estados Unidos y sus aliados. Si algún país ha sido beligerante con Rusia, ése ha sido EE.UU. Yo creo que a medio plazo el antiamericanismo jugará un papel fundamental en Rusia, porque el pueblo ruso se siente engañado y estafado. Todas estas empresas, en el mejor de los casos, se convirtierion en plataformas de distribución de mercancías del extranjero.

De hecho, la dependencia externa continúa siendo uno de los problemas de la economía rusa.
Rusia pasó de ser un país que tenía todo tipo de producción industrial a convertirse en un país exportador de materias primas. Lo que acaba salvando a Rusia es el gas y el petróleo. Pero, claro, eso no es propio de un país desarrollado, es propio de un país de la periferia que compensa todas sus deficiencias estructurales exportando materias primas: petróleo, gas, madera...

¿Qué explica la pasividad de la población rusa? 
Hay diversos factores que explican este fenómeno. En primer lugar, políticos y culturales. La gente había delegado la política a los dirigentes. La idea general era que otro tomase las decisiones, porque tomar decisiones, después del estalinismo, era un asunto arriesgado. La URSS era una sociedad que teóricamente estaba en manos de los ciudadanos, pero éstos en realidad no participaban políticamente ni tenían cultura política. El efecto desmoralizador que supuso ver cómo estos dirigentes, que hasta hace cuatro días hablaban de socialismo, se convertían en los primeros ladrones, fue enorme. El péndulo pasó rápidamente de un lado al otro. El rico quería demostrar que era rico, entre otros motivos, para atemorizar a la gente que tenía a su alrededor. Yo no he visto en Occidente tanta ostentación como la que había en la Rusia de entonces: en coches, en vestidos, en escoltas (como el país había quedado en manos de mafiosos y la ley no se aplicaba, muchas cosas se solucionaban simplemente a tiros). Uno de estos “nuevos rusos” podía llevar una escolta de 20 personas armadas, con las armas visibles. Veteranos de Afganistán, mafiosos... Empujando a la gente por la calle en Moscú mismo. La sensación de impotencia ciudadana, en un país donde hasta entonces los policías ni siquiera llevaban pistola cuando patrullaban (casi nunca pasaba nada), augmentó considerablemente.

¿Cuál fue el proceso que llevó del entusiasmo al desengaño y después a la nostalgia? 
Si la gente pudiera votar, lo haría a favor de volver a la situación anterior. Pero las estructuras han cambiado. Y los cambios no son fácilmente reversibles. Es un proceso largo, pero como todo proceso social, hay cosas que se van acumulando lentamente, hasta que en un momento dado explotan y después se aceleran inmediatamente.
¿De dónde venían los problemas? En los años veinte el estalinismo despolitizó a la sociedad. La participación política se transforma en una sumisión cuasirreligiosa. Las decisiones se van delegando en escalas superiores de la jerarquía, porque cualquier decisión podía hacerte terminar en un campo de concentración. La gente s elimitaba a cumplir estrictamente las órdenes. Eso empobrecía la sociedad. El estalinismo transformó un país agrario en uno industrial. En los treinta existe la sensación de que Rusia está asediada y de que en cualquier momento serán aniquilados. La sensación tenía una base real. Como estamos asediados, se piensa, hay que acabar con el enemigo en cualquiera de sus expresiones, entre ellas la disidencia.
La Segunda Guerra Mundial reactivó la sociedad por la sensación, nada equivocada, de que, o ganaban, o eran destruidos como nación. Se puso marcha de nuevo toda la creatividad revolucionaria: la gente no espera a recibir órdenes y toma la iniciativa para producir, para combatir, para improvisar la defensa. Pero terminada la Segunda Guerra Mundial, todo eso se termina. Después de la Segunda Guerra Mundial, la sensación de ser destruidos desaparece. Jruschov intenta corregir las desviaciones del estalinismo, pero el legado es demasiado grande. Después lo intentaron Kossiguin, Andrópov y, finalmente, Gorbachov. En la historia soviética hay un intento permanente de salir del modelo de socialismo estatalista para ir hacia un modelo descentralizado: en la Nueva Política Económica (NEP) de Lenin, en el intento de reforma de Kossiguin o en la perestroika de Gorbachov. Pero la inercia siempre fue demasiado grande. Breznev destituye a Jruschov, y durante su mandato, que parece muy tranquilo, el estancamiento se extiende como un cáncer. Breznev hace, a grandes rasgos, una combinación para salir del brete: saca todos los elementos represivos del estalinismo, pero manteniendo sus funciones económicas, muy estatalizadas e ineficientes. No hay incentivos materiales, ni incentivos económicos. Los incentivos morales no tienen una duración estructural, sólo se mantienen en tiempos de crisis y guerra. ¿Por qué trabajaba la gente durante el estalinismo? Por miedo. El estalinismo era un sistema brutal e inmoral, pero, tristemente, que funcionaba económicamente. Con Breznev se mantiene la fachada ideológica a la vez que se eliminan los castigos, y el sistema, lógicamente, se va pudriendo, de manera que, cuando llega Gorbachov al poder años después, se encuentra con una productividad muy baja.
Te doy un ejemplo: durante una serie de visitas a una fábrica vimos a un hombre sentado en una silla sin hacer nada. Cuando preguntamos cuál era su función, nos respondieron que formaba parte de la plantilla. “¿Y por qué lo tenéis sentado?”, preguntamos. “Este hombre es un alcohoólico. Si lo ponemos en la cadena de producción nos causa problemas. Por lo tanto, preferimos tenerlo sentado y que no nos dé quebraderos de cabeza”, me respondieron. Eso tiene una parte humana importante (nadie se planteaba su despido), que forma parte de la ambivalencia moral de la URSS. Pero eso mismo destruía el país. Porque, a finale de mes, cuando aquella persona recibía su salario, era el mismo que el del obrero que había ocupado su puesto de trabajo de ocho horas, generando un sentimiento de agravio comparativo. Así que mucha gente comenzaba a plantearse por qué esforzarse si, en cualquier caso, cobraría igual. Todo eso hizo que la gente perdiese el interés y la motivación por su trabajo, y agravó la situación. Pero, ¿cuál era la situación? ¿Una vuelta al estalinismo, a la coacción? ¿Introducir mecanismos de incentivos salariales?

Muchos ven en la reforma de Gorbachov la brecha por donde se coló el capitalismo.
La reforma era necesaria. Pero en esta situación, la gran mayoría social era incapaz de tomar la iniciativa. No hubo ningún diálogo social para corregir este tipo de situaciones, apra encontrar soluciones justas en lugar de normalizar un hecho que no lo era. Era una salida complicada, que necesitaba mucha participación de la gente, porque en el momento en que se descentraliza la economía, la gente no acaba de entender la necesidad de un socialismo autogestionario. Todo el mundo ve que un socialismo estatalizado –y mucho más después de la experiencia soviética– retrae la iniciativa popular y tiene aspectos muy desagradables. Pero un socialismo descentralizado implica que la sociedad tiene que crear tipos impositivos, límites sobre qué nivel de desigualdad es aceptable, cuál es el salario base para que las personas marginales como la del caso anterior no queden en situación de riesgo de pobreza, etcétera. Y eso implica una gran participación social para reorganizar a la sociedad. Si la personas se retraen, si se niegan a participar, si se hace una asamblea de trabajadores y nadie habla, la reforma no es posible. Éste era el problema.
Quienes se apropiarion de los recursos también se apropiaron de la iniciativa política. Y buscaron la brecha, que fue efectivamente la reforma, para convertir lo que tenía que ser una reforma de carácter socialista en un paso en dirección al capitalismo salvaje en un período muy breve de tiempo. Se cuelan por esa brecha, pero no por la reforma en sí, sino por la pasividad política de la población. Una población que había perdido su protagonismo, que no entendía lo que sucedía después de años de escuchar que aquel socialismo en el que vivían era el correcto. Es una situación muy complicada. Esta misma tradición jugó en contra del cambio hacia un modelo de socialismo descentralizado.

¿Qué pasó con el Partido Comunista?
Todos los partidos posteriores salieron del Partido Comunista. Y no de cualquier sitio, sino de la dirección misma, del Comité Central. Después del golpe de estado de Yeltsin [en 1993], la misma persona que antes ocupaba un cargo seguia ocupándolo en el nuevo régimen, sin cambiar de despacho ni de teléfonos. Una pequeña parte de la gente continuó en el proyecto de transformación social, pero no fue el caso, obviamente, de la mayoría de dirigentes, todos los cuales procedían del PCUS. En el PCUS existía la sensación de que el negocio se había ido a pique y había que montar otro. Cada uno se montó su propio partido, buscando un pretexto ideológico. Para aquella gente, educada en la época de Brezhnev, donde cada vez había más diferencias entre lo que se decía y lo que se hacía, el ejercicio de la política era el ejercicio del cinismo y de la mentira. En lugar de hablar del pueblo soviético comenzaron a hablar del pueblo ruso y la iniciativa individual. Pero son las mismas personas, que a veces, con la fe del consverso, adoptan otro catecismo, con el mismo cinismo que tenía antes.
Recuerdo la siguiente anécdota: el alcalde de Bucarest tomó la decisión de destruir el monumento a Marx. Un socialismo fue a verlo para protestar contra el fanatismo de llegar a destruir una estatua de Marx, que no tenía culpa de nada, y pedirle que detuviera la demolición. La respuesta que le dio fue: “No te preocupes. Probablemente tengas razón. Pero ahora la gente nos pide que la destruyamos. Si consegues cambiar su opinión, ven a verme de nuevo para que la vuelva a poner.” La idea que había al detrás no es sólo la hipocresía de esta persona, sino que él se veía a sí mismo siempre como alcalde. Si para serlo antes tenía que colgar un retrato de Marx, ahora sólo tenía que cambiarlo por el de Milton Friedman. Y, si la gente cambiaba, entonces él sacaría el de Friedman y volvería a poner el de Marx.
El PCUS básicamente estalla en una serie de partidos políticos que después acaban convergiendo hasta lo que hoy es Rusia Unida. Tienen a algunos críticos con el gobierno soviético, pero básicamente se compone de antiguos funcionarios del partido y siguen funcionando del mismo modo que siempre lo habían hecho con sus aimgos, sus familias y sus círculos de influencia.

¿Y el núcleo duro del PCUS?
El PCUS se disolvió para disolver a la entidad que había designado a mucha gente en sus cargos. Al desaparecer esta entidad, nadie los podía echar, al menos tmeporalmente. Por ese motivo quien disuelve el PCUS es, básicamente, la misma dirección del propio PCUS. Y quieren una disolución rápida, no sea que haya otro golpe de estado y la nueva dirección los destituya a todos. Así se disuelve el organismo del cual, irónicamente, partía su legitimidad, en el que habían hecho carrera política y gracias al ocual ocuparon su cargo. El Partido Comunista restante se componía de una base social que, en buena medida, se sintió engañada, y que, adoptando una actitud nostálgica, lo reconstryue.

Pero sin ningún tipo de autocrítica y con un fuerte componente nacionalista.
La mayoría de dirigentes comunistas continua teniendo vínculos muy estrechos con el antiguo sistema. El Partido Comunista no ha jugado un papel radical de oposición a las medidas de liberalización. Juega un papel de acompañamiento, de “leal oposición”. Por otra parte, una parte de estos cuadros intenta recuperar la situación que tenía en el pasado.
Con el cambio de sistema se podía pasar de tenir mucho poder a quedar mal colocado. La gente que quedó mal colocada se quedó en el Partido Comunista, junto a muchos que seguían compartiendo le ideal socialista, pero es un ideal socialista que mira, sobre todo, al pasado. Para muchas deestas personas, el programa simplemente es volver a lo que había antes, a pesar de que la historia no vuelve nunca para atrás. Esta nostalgia hace muy difícil que a corto plazo pueda recuperar un papel relevante. Todo esto, en cualquier caso, es muy incierto, como lo son todos los procesos sociales. El Partido Comunista de la Federación Rusa (KPRF), que actualmente es el principal partido de la oposición, tampoco tiene propuestas serias.

¿De dónden surge el nacionalismo?
Surgen de la percepción, real, de que los están destruyendo...

¿Y fenómenos hasta entonces desconocidos, como la xenofobia?
No eran fenómenos desconocidos, ése es era el problema. Uno de los elementos que articula el estalinismo en los últimos años es el antisemitismo. Los judíos tuvieron el papel de chivo expiatorio de los problemas de la URSS, de lo que no funcionaba. Yo lo viví durante la época de Gorbachov, a quien también acusaban de ser judío sectores próximos a Yeltsin. La envidia hacia los judíos era muy grande, porque los judíos, perseguidos secularmente, vieron en la URSS la posibilidad de liberarse. Muchos de los dirigentes bolcheviques son de origen judío. ¿Por qué? Porque son un grupo perseguido y porque su tradición interna de grupo oprimido es muy importante, para sobrevivir en la sociedad, obtener una cualificación. En la URSS, cuando comienza a generalizarse el acceso a las universidades y academias, los judíos animan a sus hijos a estudiar. Como consecuencia, la representación judía en la intelectualidad era enorme. Eso se interpretó entre la población rusa como si los judíos se ayudasen entre ellos o incluso conspirasen contra los rusos étnicos. Yo recuerdo haber visto en Leningrado, poco antes de la disolución de la URSS, carteles que parecían propios de la Alemania nazi, con lemas como “los judíos están destruyendo a la Unión Soviética” o “los judíos nos roban”. El antisemitismo y el racismo fueron utilizados como válvula de escape para todo lo que fallaba en la URSS. A corto plazo, muchos judíos se marcharon del país, gracias también a la política de Israel, que favorecía su emigración, sabiendo perfectamente que se trataba de inmigrantes cualificados. Desde el punto de vista cuantitativo, puede que no fuera muy significativa, pero desde el punto de vista cualitativo sí que lo fue y contribuyó al declive del país.

¿Qué pasó con el resto de repúblicas soviéticas? 
En general no tuvieron muy buen final. No olvidemos que en las repúblicas bálticas la población rusa continua sin tener papeles. Con el argumento de que no conocen las lenguas propias de estos países se les niega el pasaporte y el derecho a votar. Hablamos de familias que llevan viviendo en el territorio desde hace generaciones, cientos de años. Y la Unión Europea permite esta aberración. Eso ha dividido el país en dos campos, porque son culturas y lenguas muy diferentes. Los rusos no son reconocidos en ninguna de las repúblicas bálticas como minoría. Evidentemente, eso genera un aumento del nacionalismo panruso y una dinámica muy peligrosa de cara al futuro. Los rusos que viven en Lituania, desprovistos de papeles, se convierten en mano de obra a bajo precio, que a su vez presiona el mercado laboral a la baja. Y además está la historia: los nacionalistas lituanos apoyaron a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundia. Y dos generaciones son pocas.
La población rusa vive marginada, no tiene derecho a voto y en las zonas donde viven hay una falta de inversiones consciente y buscada. Todo eso tenía que haberse terminado con la Unión Europea, que teóricamente no permite este tipo de discriminación. Pero no ha pasado nada. Se ha permitido que estos países sigan funcionando así. De hecho, lo ha empeorado, porque el nacionalismo báltico se ve legitimado para continuar y aumentar esta discriminación.

¿El grupo de investigación continuó?
Continuó con muchísimas dificultades, y, desde el punto de vista institucional, está en la marginalidad. En Rusia los sujetos políticos continuan muy anclados en el pasado. El KPRF es un partido con muchas particularidades, especialmente en la dirección. Muchos de ellos tienen vínculos con gente muy alejada políticamente del comunismo. Cuanto más lejos queda todo aquello, cuanto más dura es la realidad, cuanto más pasa el tiempo, más se olvidan los defectos que tenía el sistema y más se idealiza. Hasta que no haya un cambio generacional es difícil que puedan surgir cosas nuevas. La primera generación que no tiene recuerdos y no ha estado implicada en aquel proceso, y que, por lo tanto, no tiene trapos sucios que esconder, ahora comienza a participar políticamente. Ya veremos lo que pasa.


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Capitalismo, Socialismo y Comunismo


 
Recuperando el verdadero sentido de las palabras. Combatiendo prejuicios.
 
Lejos de lo proclamado por los propagandistas del actual sistema capitalista, el
verdadero socialismo y comunismo no tienen casi nada que ver con lo que existió en
los regímenes de la Europa oriental en el siglo XX. Basta con leer a los padres del
marxismo para descubrir que así como Jesucristo no es responsable de los crímenes
cometidos por la Santa Inquisición, Marx y Engels no lo son (por lo menos no por
completo, pues algunos de sus errores, sin embargo, sí contribuyeron) de las
experiencias prácticas distorsionadas que pretendían instaurar, en su nombre, el
“socialismo real” como etapa intermedia hacia el comunismo. No hay que confundir
estalinismo con socialismo, menos aun con comunismo. Como tampoco hay que
confundir la “democracia” liberal con la democracia. En definitiva, no hay que confundir
la etiqueta de la botella con su contenido. Lo verdaderamente importante es el
contenido. Hay que distinguir entre lo buscado y lo encontrado, entre un concepto
teórico y su aplicación práctica, la cual puede ser contraria al primero. Que un partido
se autoproclame como socialista no significa que lo sea, lo mismo podemos decir de
un régimen político-económico. El capitalismo se autoproclama como democrático y no
lo es. El “socialismo real” tampoco era realmente el socialismo. Los denominados
regímenes comunistas poco tienen que ver con la idea del comunismo postulada por
Marx o por muchos intelectuales anteriores a él. Esto lo puede comprobar cualquiera
leyendo a dichos intelectuales.amplio.
 
Leer más en PDF: http://www.rebelion.org/docs/177844.pdf#page=1&zoom=auto,0,64