“La producción
cultural ha sido confinada al interior de la mente, dentro del sujeto
monádico: ya no puede mirar directamente a través de sus ojos al mundo
real en busca del referente, sino que, como en la caverna de Platón, ha
de trazar sus imágenes mentales del mundo en las paredes que la
confinan. Si después de esto queda algo de realismo, es un «realismo»
que surge de la conmoción al palpar ese confinamiento y darse cuenta de
que, por cualesquiera razones peculiares, parecemos condenados a buscar
el pasado histórico a través de nuestras propias imágenes pop y
estereotipos acerca del pasado, el cual permanece para siempre fuera de
nuestro alcance”.
Frederic Jameson
“El hombre liberado es un hombre creador, sin limitaciones para
expresar su talento en el trabajo manual, intelectual o artístico, en
sus relaciones con los demás hombres. Un individuo sin ídolos, dogmas,
prejuicios; inspirado por un definido sentido de justicia e igualdad.
Que es simultáneamente un individuo venezolano y un hombre universal.
Este hombre puede aparecer y desarrollarse en un ambiente de
florecimiento de las culturas nacionales”
Rodolfo Quintero, 1971
Capitalismo rentístico y esquizofrenia
La implantación histórica del capitalismo rentístico venezolano, ha
propiciado la combinación de una serie de factores que dan cuenta de un
modelo social, económico, político y cultural verdaderamente
extravagante, de rasgos muy particulares y atípicos, que con frecuencia
agudiza sus propios desequilibrios, con notables evidencias de
volatilidad social y fragmentación cultural.
El delirio
consumista que hemos presenciando últimamente en Venezuela en tiendas de
electrodomésticos como Daka, donde el hechizo monetario establece la
“necesidad”, en vez de ser la necesidad la que canalice el flujo de
dinero —con casos de personas que compran 2 televisores, teniendo 3 en
casa, o consumidores que, “aprovechando” las rebajas a raíz de las
políticas del gobierno nacional, se sirven para tener ahora un aire
acondicionado en cada cuarto—, muestra cómo la coyuntura que vivimos
actualmente en el país, refleja los “huecos de realidad” de la crisis
del capitalismo rentístico: el hueco que hay entre la fascinación
subjetiva, producto de la sensación de riqueza, y la insostenibilidad a
no muy largo plazo de nuestro modelo rentístico; entre la debacle social
neurótica que muestra la pantalla de televisión en forma de guerra
económica, y el efecto de bienestar que produce el consumo masivo; entre
la “independencia nacional” y la dependencia sistémica.
La forma de circulación de la renta construye y canaliza el deseo social. La sociedad de consumo es
contrarrevolucionaria
porque despolitiza al sujeto y lo sumerge en la inmediatez, en el
vacío, en el estereotipo, estableciendo una especie de presente eterno
en la medida en que fragmenta la Historia, el espacio y la política. Y
no se trata de una fragmentación
comunalizada, sino de una en la
cual el individuo queda desprovisto ante el poder del capital. Las
Hummer, el silicón, los biopolímeros, el Blackberry y el Miss Venezuela
se entremezclan así con el Che Guevara y Antonio Gramsci, con el cantar
de Alí Primera, con los Consejos Comunales y el antiimperialismo. Bajo
esta fórmula, la revolución se convierte en espectáculo.
¿Y quién detiene esto? Ciertamente, el efecto que puede producir la
merma o la distorsión negativa del flujo de la renta, evaporaría la
magia que nuestro capitalismo sui géneris recrea como bienestar social,
abriendo el camino a una crisis social. No obstante, el aumento del
llamado “gasto público” no se refiere únicamente a necesidades básicas,
sino a expectativas de vida, a deseos construidos, a imaginarios de lo
que Ulrich Brand ha llamado los “
modos de vida imperial”
[1] .
Hay que atender urgentemente al creciente hueco que hay entre la
histórica expansión cuantitativa y cualitativa de estas expectativas de
“vida imperial” y la insostenibilidad a no muy largo plazo del
capitalismo rentístico venezolano. Los imaginarios vuelan, pero nada
físico crece indefinidamente. Y menos en un sistema capitalista mundial
en crisis estructural.
40 años después, Rodolfo Quintero
Leer hoy “Antropología del petróleo”, un clásico de la literatura
petrolera venezolana que escribiera Rodolfo Quintero en 1971 (publicada
en 1972), constituye una experiencia que nos permite comprender el
poderoso arraigo que tiene en nuestro país lo que este antropólogo
denominó la «
cultura del petróleo » . Lo interesante y
relevante de la obra de Quintero es que, al contrario de todo el grueso
de la tradición de la teoría social en Venezuela anterior a él, no
recurrió a la construcción ontológica racista y colonial que planteaba
que el venezolano es “flojo por naturaleza”, o que es un bárbaro por sus
condiciones biológicas y raciales, y que por ende debía ser civilizado
por un gobierno fuerte y/o ilustrado (Laureano Vallenilla Lanz et al).
La cultura del petróleo es pues para Quintero, una imposición colonial,
una forma de imperialismo cultural.
40 años después, no dejan de
sorprender las enormes similitudes que tiene esta descripción sobre
nuestros rasgos culturales y antropológicos, en relación con nuestra
realidad actual, un proceso iniciado hace unos 90 años con la
implantación de los campos petroleros en la década de los 20 del siglo
pasado. Para Quintero, la
cultura del petróleo se despliega en
factores inmateriales como la lengua, el arte, la ciencia, así como en
recursos físicos, como los instrumentos, las actividades o la
infraestructura. Se trata de “…
una cultura de conquista, (que)
crea una filosofía de la vida para adecuar la población conquistada a la condición de fuente productora de materias primas”
[2] ; toda una ontología del extractivismo.
La hegemonía de la cultura del petróleo, actúa de manera determinante
en la forma como los sujetos y la sociedad se piensan a sí mismos. En la
medida en la que va deteriorando las culturas locales, generando
desarraigo en las poblaciones y adormeciendo la conciencia histórica,
reproduce una estructura de profunda dependencia cultural y subjetiva,
de aprehensión política con el Petro-Estado, pero que al mismo tiempo
implanta sentimientos imitativos y “desnacionalizadores”, los cuales
tienen su proyección material en las supuestas “ventajas” del sistema
que recrea la renta petrolera.
En la medida en la que se da esta
adecuación cultural de la población al modelo extractivista petrolero,
en la medida en la que reproduce un imaginario deseante de sus propios
estilos de vida, montado sobre la promesa neocolonial del «desarrollo» y
sus profetas mitificados, al mismo tiempo expulsa, invisibiliza,
invalida y/o minimiza la posibilidad de pensar en otra sociedad que no
sea la petrolera, de pensarla más allá del “desarrollo” y del rentismo ―
léase, la “siembra del petróleo” ― , utopizando las alternativas.
La Revolución Bolivariana y la cultura del petróleo
La Revolución Bolivariana, tanto como proceso político, como un cúmulo
de discursos donde han prevalecido ideas contrahegemónicas y corrientes
culturales de pensamiento crítico, ha producido enormes desafíos,
dilemas, contradicciones y alternativas a las formas como nos hemos
pensado como sujetos, como hemos concebido al espacio/naturaleza, y como
hemos interpretado la realidad histórico-social en Venezuela. Sin
embargo, se trata de un complejo proceso político y cultural plagado de
incongruencias, que nos invita a escrutar y reexaminar nuestros
paradigmas dominantes, dada las trascendentales implicaciones que estos
tienen en los procesos emancipatorios que se enarbolan en el discurso
revolucionario.
Como hemos planteado en otra oportunidad
[3] ,
aparte de saldar la enorme deuda social acumulada, y haber al menos
iniciado una clara transición post-rentista en el país, llevar adelante
una Revolución Cultural que resquebrajara y comenzara a poner en
entredicho nuestra “cultura del petróleo”, nuestro imaginario
rentístico, abriendo el camino hacia la construcción una nueva
subjetividad de autovaloración productiva, es una de las tres grandes
misiones sobre las que se han centrado y aún se centran las expectativas
revolucionarias del proceso político venezolano reciente. Los dilemas
presentes sobre nuestra cultura y subjetividad política, nos obligan a
preguntarnos si la Revolución Bolivariana se ha traducido o no, en un
refrescamiento y una repotenciación del viejo modelo rentista.
Es resaltante notar que el nacimiento de la Revolución Bolivariana como
proceso cultural, ha implicado la coexistencia, e incluso la
hibridación, de la histórica cultura del petróleo, con una serie de
ideas revolucionarias, que en algunos casos plantean profundos y
radicales cuestionamientos políticos y axiológicos de rasgos
anticapitalistas y decoloniales — estos últimos principalmente
contagiados por los procesos de transformación en Bolivia y Ecuador .
La coexistencia de estos factores divergentes en nuestro proceso
político nacional, evidencia que la Revolución Bolivariana es en efecto
un campo en disputa. Sin embargo, esta lucha no es simétrica, y se
desenvuelve mediada por la hegemonía y la profundización del modelo
rentista, y por lo tanto, sobre un redimensionamiento de la cultura del
petróleo. Se produce de esta forma una relación de poder sobre la
cultura, en la cual es muy frecuente la construcción de saberes con
elementos internos incompatibles — emancipadores junto con represivos — ,
que en un contexto de hegemonía económica y cultural
petrolera/capitalista, generalmente subsume, domina y asimila los
factores críticos de los mismos, a favor del status quo.
Este
proceso no es irremediable. Sin embargo, es fundamental tratar de
comprender porqué muchas de estas ideas alternativas anticapitalistas,
radicales o no, no logran encontrar asidero tanto en los valores
simbólicos de la sociedad venezolana, como en la estructura real de la
economía rentista, sobre todo a medida que se va profundizando dicho
modelo en el país. Es esencial cartografiar la cultura del petróleo en
la Revolución Bolivariana, tratando de detectar dónde se fortalece ésta
en nuestro proceso político doméstico.
¿Dónde se fortalece la cultura del petróleo en la Revolución Bolivariana?
A pesar de la importancia de la producción teórica/ideológica crítica
para intentar salir del modelo rentista petrolero y su estructura de
poder, o plantear un proyecto anticapitalista en su seno, como es el
caso de las corrientes más radicales de la Revolución Bolivariana, el
impacto que genera la reproducción y fortalecimiento de esta estructura
económica rentista sobre la producción cultural y de subjetividad es
tal, que hasta las ideologías más revolucionarias chocan con la enorme
complexión de este modelo profundamente asimétrico.
Si la
inundación de divisas producto del boom rentístico que vivimos desde
2004 — el llamado “Efecto China” a raíz del auge de la demanda de
commoditiesimpulsado
principalmente por este país — tiene efectos perniciosos sobre los
factores productivos, sobre el auge relativo de las importaciones, sobre
el ensanchamiento artificial del mercado interno, el agrandamiento del
desarrollismo del Petro-Estado, y de los niveles de endeudamiento
externo, se debe a que esta profundización de los desequilibrios
económicos está en profunda correlación con la necesidad e impulso del
sobredimensionamiento de la cultura del petróleo, para así favorecer
tanto a las estructuras de poder dominantes, como la consolidación de
nuestra función dependiente en la División Internacional del Trabajo.
Cuando Alí Rodríguez Araque reconoce que el fenómeno de la corrupción es
una de las varias formas de distribución (antiética) de la renta
petrolera
[4] , está haciendo evidente la relación estructural que existe entre cultura y rentismo, entre el excedente y la subjetividad.
La expansión de los “modos de vida imperiales” en crecientes masas de
la población; de la construcción de expectativas, imaginarios y
subjetividades a imagen y semejanza de la estructura del capitalismo
rentístico, se conectan con el aumento de las migraciones a las
ciudades, el empeoramiento del deterioro de la producción agrícola, y el
frenesí surrealista por los productos importados. La plétora monetaria
rentista, las burbujas especulativas y los escenarios paranóicos de la
TV, encuentran su correlato en las burbujas culturales de nuestros
imaginarios consumistas, que a ratos parecen alucinaciones.
La
profundización del modelo rentista y los futuros proyectos de ampliación
del extractivismo petrolero y minero ―los 6 millones de barriles
diarios de los dos grandes proyectos político-partidistas hegemónicos,
la «
Potencia Energética Mundial» y el «
Petróleo para tu Progreso»
— supondrían la intensificación de nuestros males culturales endémicos.
A su vez, los planes ya en marcha para la implantación masiva de
estructuras petroleras en la Faja del Orinoco ― que Quintero en su
tiempo definía como una incrustación colonial ― reproduce el viejo
efecto de deterioro y desarraigo de las culturas locales ― incluidos
nuestros pueblos indígenas, que aún esperan la materialización de la
demarcación territorial ― , la inserción en el espacio de los recursos
materiales que reproducen la cultura del petróleo, y el embelesamiento
social con la insostenible modernidad petrolera.
Si bien Rodolfo
Quintero planteaba que la cultura del petróleo era una cultura traída
de afuera, esta también opera germinalmente desde “adentro”,
reproduciendo el (neo)colonialismo endógenamente, expresión de la forma
transnacionalizada como opera el capital en la globalización. Es
fundamental comprender el papel que juega el Petro-Estado venezolano
tanto en la administración de la cultura del petróleo, como en la
intermediación entre el “afuera” y el “adentro”.
La disputa cultural sobre el sujeto y la naturaleza
Si bien en la Revolución Bolivariana se ha dado un auge de las
corrientes del pensamiento crítico, debemos admitir que el paradigma
neocolonial del “desarrollo” sigue siendo un mito profundamente
arraigado en nuestros patrones de pensamiento, al tiempo que el rentismo
cultural continúa estableciendo una rígida frontera para pensar
alternativas más allá de este.
A lo largo del tiempo, el
análisis histórico-social venezolano ha centrado la gran mayoría de su
atención y esfuerzos en buscar mecanismos para una mayor captación de la
renta y un mayor control de la industria petrolera, de manera tal de
impulsar el proyecto modernizador nacional, entendido éste como un
proyecto emancipador y “progresista”, que nos llevaría al tan ansiado
“desarrollo”.
Aunque resaltan algunas reivindicaciones de
Rodolfo Quintero a las culturas locales y una idea de “descolonización
petrolera”, y en Juan Pablo Pérez Alfonzo comienzan a bosquejarse
críticas sin precedentes en nuestra literatura petrolera, al aparecer
cuestionamientos al crecimiento, al desarrollismo, al concepto de
“sembrar el petróleo” y a los efectos nocivos de la propia renta
internacional
[5] , a nuestro juicio, es con “
El Estado Mágico”
de Fernando Coronil (1997) que se produce una importante ruptura
epistemológica en la tradición del análisis social petrolero venezolano,
planteando una crítica decolonial profunda a los patrones de
conocimiento que habían determinado, tanto la caracterización de nuestra
historia petrolera contemporánea, como la propia práctica política
nacional que se derivaba de ella.
La línea de estudios sobre
modernidad/colonialidad, en la que se inscribe “El Estado Mágico” de
Coronil, representa una poderosa arma crítica contra la tradición de la
cultura del petróleo y su estructura de funcionamiento biopolítico. La
manera de comprender la composición y funcionamiento del Petro-Estado
venezolano, el problema del espacio/naturaleza como factor de análisis, o
la relación entre el discurso, el poder y la subjetividad, tienen
poderosas implicaciones políticas, sobre todo en intensos procesos de
disputa cultural como los que vivimos en la actualidad
[6] .
Las corrientes más críticas y antisistémicas en la Revolución
Bolivariana, las cuales indudablemente bebieron del discurso más agudo
del presidente Chávez, enarbolan como fuerza cultural una definición
ontológica del sujeto/pueblo como
potencia emancipadora y contrahegemonía constitutiva. Dichas corrientes se enfrentan a dos grandes fuerzas.
Por un lado, el sujeto que se construye desde el discurso de la
oposición venezolana, encabezada por la llamada “Mesa de la Unidad
Democrática” (MUD), es el típico “
agente racional abstracto” de
la teoría neoclásica, un sujeto que se presenta como “libre”, siendo que
el Estado y la “ideologización política” interfieren en su camino
competitivo hacia la eficiencia económica
[7] .
Todos los seguidores de la “libertad” individualista y de las
“oportunidades” para el emprendedor capitalista tecnificado, son
funcionales a este proyecto en la medida en que alimentan la
reproducción de la estratificación clasista y racista de la sociedad
venezolana, al tiempo que esa idea de “libertad individual” de los
supuestos “agentes racionales” permite mantener ocultas las relaciones
de dominación que ejerce el capital sobre estos. La idea de “pueblo”
tiene aquí sentido, sólo en la medida en la que la unión inorgánica de
sujetos fragmentados responda al llamado de sus guías para vencer a la
“tiranía” — léase, la intervención estatal que obstaculice el libre
flujo del mercado autorregulador — , al tiempo que puedan construir
juntos una nación de “progreso”.
Por otro lado, la instauración
de la Revolución Bolivariana como gobierno, convocaba al Poder
Constituyente en su propia fundación, y promovía una definición de
“pueblo” como empoderamiento de los excluidos sociales históricos,
estableciéndose momentos de ejercicio y formas radicales de poder
popular
inmediato, lo que genera un conflicto sobre las formas
tradicionales de la cultura del petróleo, tensionando numerosos
supuestos establecidos por este modelo.
No obstante, los propios
recursos biopolíticos materiales e inmateriales del capitalismo
rentístico, en la medida en que se reajusta y redimensiona el modelo
imperante, contrarrestan esa emergencia ontológica popular. El ejercicio
del poder político del
pueblo y su apropiación económica se
apaciguan en la medida en la que básicamente estos se logran
materializar como representación mítica a través de las
personificaciones del «pueblo» que dirigen el Petro-Estado, y que
distribuyen parte de la abundante renta. Esta postergación del ejercicio
inmediato del poder popular juega a favor del restablecimiento de la
dinámica neocolonial de poder propia de esta estructura política. De
esta forma, podríamos afirmar que de hecho existen no sólo dos grandes
proyectos ontológicos en disputa que definen al sujeto/pueblo
venezolano, sino al menos tres.
Por su parte, dada la
importancia de la legitimación del extractivismo en el capitalismo
rentístico nacional, y su proyección sobre la dominación de la tierra,
el territorio y la Naturaleza, la forma como se representa a esta última
es también objeto de disputa. En la cartografía tradicional de la
cultura del petróleo, en general la naturaleza ha sido históricamente
instrumentalizada, invisibilizada como riqueza y colonizada para el
“desarrollo”.
La hipocresía, la instrumentalización y la
marginalización de la representación de la Naturaleza respecto al
régimen de producción/extracción capitalista rentística en la MUD, se
hace evidente no sólo en sus declaraciones públicas — como cuando el
excandidato presidencial Henrique Capriles Radonski se mofó del quinto
objetivo del Plan de la Patria y dijo que “
nuestro pueblo no quiere que se salve el planeta”
[8]
—, sino en la manera como es categorizada ésta, cuando en el Programa
de Gobierno de esta parcialidad político-partidista, la Naturaleza
aparece referida constantemente como “
capital natural”
[9] , al puro estilo neoclásico.
El agravamiento de la crisis ambiental global, ha venido poniendo en
cuestionamiento con mayor frecuencia las concepciones depredadoras
acerca de la Naturaleza. En el Gobierno Bolivariano se produce una
reformulación administrativa y discursiva que supone una distinción
respecto a los gobiernos anteriores, sobre la contradicción
capital-naturaleza. El objetivo 5 del Plan de la Patria 2013-2019 — “
Contribuir con la preservación de la vida en el planeta y la salvación de la especie humana”—
y la reivindicación explícita del ecosocialismo como principio de la
política del Gobierno, expresa una reconfiguración del valor de la
naturaleza en este proyecto.
No obstante, en el marco del
redimensionamiento de la cultura del petróleo, y la expansión de los
proyectos extractivos, y con la justificación de la lucha contra la
pobreza, se genera una discursividad que concilia extractivismo en auge
con respeto por la naturaleza, recurriendo al controvertido concepto de “
desarrollo sustentable”
―”haremos de la explotación petrolera una actividad para el cuidado del
ambiente”―; resignificando el radical y decolonial concepto de
Buen Vivir―entendido
en la Revolución Bolivariana principalmente como mayor acceso al
consumo moderno/capitalista―; y generando nuevas teorías ad hoc para
explicar por qué es inevitable y necesario para América Latina continuar
la expansión de la explotación de nuestros “recursos naturales” y su
realización en el mercado mundial capitalista, para alcanzar un mejor
posicionamiento geopolítico y alcanzar la “independencia” ante el
imperialismo
[10] .
La crisis como oportunidad: la importancia de una Revolución Cultural
Toda crisis no es sólo conflicto, sino que al mismo tiempo representa
oportunidades, en la medida en que la desarmonía que se produce entre
las ideas hegemónicas y la realidad material, permiten no sólo romper el
hechizo ideológico, sino abrir posibilidades para resignificar y
reformular los paradigmas sociales reinantes. El problema pasa por qué
tipo de resignificaciones se plantean, y quiénes las impulsan.
Las diversas formas y facetas que ha adoptado la coyuntura actual en el
país han sido primordialmente manejadas desde una perspectiva maniquea,
en la cual el origen del problema según el Gobierno es la oposición, y
según la oposición es el Gobierno. Rara vez se reconoce que ese
incentivo a los “modos de vida imperial”, promovido por los poderes
fácticos y las élites políticas, como una especie de valores sagrados de
la nación, son buena parte del problema, ocultando cómo esta
profundización de la cultura del petróleo alimenta la estructura de
poder establecida, la estratificación social — el hechizo de que todos
“podemos ser ricos” —, y la propia insostenibilidad de nuestro modelo
parasitario.
Cuando se habla de “
Guerra de IV generación”,
parece no reconocerse que, si esta batalla se orienta al control del
discurso y de la mente, entonces bajo la polarización política que vive
el país, está totalmente abierta la posibilidad del intento de
dominación ideológica tanto de un bando hacia la población del otro,
como de esa parcialidad sobre sus propios partidarios. Esta premisa hace
evidente pensar en la necesidad y posibilidades de formas de
subjetividad autónoma y de pensamiento crítico bajo el régimen de la
cultura del petróleo.
Si entendemos que casi el 90% de la
población venezolana vive en ciudades, con sus expectativas de un estilo
de “vida imperial”, la tarea de una transformación del modelo
venezolano no sólo supondría una muy complicada reconfiguración del
ordenamiento territorial, sino una reformulación de las lógicas y
estilos de vida en las propias ciudades, con una respectiva modificación
radical de nuestro relacionamiento con la Naturaleza, lo cual necesita
el impulso de una verdadera revolución cultural en el país.
Esto
nos lleva a preguntarnos, ¿un proyecto político post-rentista que no se
construya más allá del “desarrollo” y del propio rentismo como
frontera, puede permitir una revolución cultural de este tipo? ¿Quién o
quiénes llevarán a cabo dicha revolución? Si existen no dos, sino al
menos tres grandes proyectos político-culturales, uno de ellos con una
concepción ontológica y de la naturaleza profundamente popular,
autogobernante, emancipatoria y ecológica, entonces la revolución
cultural se desarrollará sobre la base de una compleja disputa
discursiva entre tres grandes fuerzas, más allá de la polarización
política nacional reinante.
Si bien es cierto que en la
Revolución Bolivariana no se ha podido desplazar la hegemonía de la
cultura del petróleo, esto no implica que los procesos de transformación
que hemos vivido en el país en estos 14 años no hayan ampliado sus
grietas. Además, dichas grietas se expanden en momentos de crisis, lo
que, como hemos dicho, inaugura procesos de reordenamiento ideológico y
de resignificación cultural. Esto representa para el proyecto cultural
emancipatorio, la apertura de caminos y posibilidades para infiltrar la
cultura neocolonial del petróleo e impulsar procesos de transformación
autónomos y ecológicos.
La álgida coyuntura actual de guerra
económica y desequilibrios sistémicos es entonces, al mismo tiempo una
batalla que se da en el campo simbólico. El caso de la neurosis
colectiva por la escasez/acaparamiento de la Harina precocida marca
P.A.N. es un buen referente para aprovechar la situación y convertir la
misma en un gran debate popular que pueda expandirse a escala nacional, y
que haga más visibles cuestionamientos radicales a algunos patrones
conceptuales capitalistas/desarrollistas y coloniales, y por ende, a las
formas de organización e interacción social que de ellos se derivan.
Organizaciones de base populares, comuneros y comuneras, y movimientos
sociales tenemos la oportunidad de posicionar críticas de fondo a todo
el entramado de la cultura del petróleo, señalando no sólo a los actores
responsables, sino al propio modelo, en todas sus formas operativas. El
secuestro progresivo que hizo empresas POLAR en el imaginario social
venezolano, al punto de que la gran mayoría de la población asocia, como
una metonimia, a la arepa con la harina PAN, debe ser desmantelado. El
maíz empobrecido, los cultivos transgénicos, la estética del alimento —
como una especie de racismo agrario — y el despojo de los procesos
productivos del pueblo en forma de monopolios capitalistas, debe ser
contestado con la arepa criolla; el cuidado, protección y difusión las
semillas autóctonas campesinas; las culturas ancestrales locales y la
reconceptualización del consumo para la vida; la alimentación sana; y el
impulso a las redes socioproductivas populares y sostenibles.
En la medida en la que los comuneros y comuneras, de creciente
organización, movilización y articulación a nivel nacional, logren
establecer y expandir sus comunas y redes comunicativas y
socioproductivas a mayor escala geográfica, seguirán dejando semillas de
transformación territorial fundamentales. Por un lado, engendran así
posibilidades para nuevos ordenamientos del espacio y nuevas formas de
relacionamiento con la geografía, contribuyendo a transfigurar los
recursos materiales que le dan vida a la cultura del petróleo, al tiempo
que fortalecen bases de resistencia ante los ataques de desposesión del
capital.
Por otro lado, favorecen a los procesos
descentralizados de producción de conocimiento, al reposicionamiento y
al resurgir de los saberes y cosmovisiones ancestrales y territoriales,
que puedan contrarrestar el efecto universalizante y colonial de la
cultura del petróleo, al tiempo que fomenta la construcción de tejidos
comunitarios, que combatan la fragmentación individualista de la
sociedad de consumo.
Como lo hemos expuesto, la
sobredeterminación rentística que posee la forma de nuestro modelo
capitalista, genera la expulsión cultural de campos de pensamiento donde
son posibles el inicio de una transición post-rentista y
post-extractivista. Dado lo profundamente enraizadas que están las
estructuras físicas e institucionales del capitalismo rentístico, es
fundamental resaltar que una transformación de fondo del mismo, requiere
que germine una ruptura de la conciencia rentística que sostiene y
legitima este sistema de poder.
Esto supone pensar lo “
impensado rentístico”,
hacer un salto decolonial del saber, develar la relación de poder
contenida en los regímenes de verdad, abrir debates y tocar temas que
han constituido tabúes nacionales, y sortear las amenazas de
criminalización de la crítica revolucionaria, que pasan desde censuras
institucionales y políticas, hasta una serie de teorías premiadas y
promovidas que catalogan de “pachamamistas” y de promotores del juego
del imperialismo, a diversas vocerías que se oponen al modelo
desarrollista y al afán “progresista” de extraer más y más de la
naturaleza, profundizando nuestros modelos neocoloniales y sus
respectivos males.
* Emiliano Teran Mantovani es
sociólogo de la Universidad Central de Venezuela, investigador del
Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos – CELARG y hace
parte del equipo promotor del Foro Social Mundial Temático Venezuela
Fuentes consultadas
- BORÓN, Atilio.
América Latina en la geopolítica del imperialismo. Ministerio del Poder Popular para la Cultura. Caracas, 2012.
- CORONIL, Fernando.
El Estado mágico. Naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela. Nueva Sociedad. Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico de la Universidad Central de Venezuela. Caracas, 2002.
- GAGO, Verónica. Sztulwark, Diego.
“No podemos pensar en salvar el planeta si no pensamos la emancipación social”. Entrevista a Ulrich Brand. Lunes, 23 de abril de 2012. Disponible en:
http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-192462-2012-04-23.html. Consultado: [12/07/2012].
- GLOBOVISIÓN.
Capriles: La única persona que perderá su empleo en Pdvsa será Rafael Ramírez. 01/08/2012. Disponible en:
http://globovision.com/articulo/capriles-la-unica-persona-que-perdera-su-empleo-en-pdvsa-sera-rafael-ramirez. Consultado: [10/08/2012].
- MESA de la Unidad Democrática.
Lineamientos del Programa de Gobierno de Unidad Nacional (2013-2019). Caracas, noviembre de 2011. En:
http://www.cuadernos.org.ve/pdf/mud.pdf. [Consultado: 08/03/2012].
- PÉREZ Alfonzo, Juan Pablo.
Hundiéndonos en el excremento del diablo. Fundación Editorial El perro y la rana. Caracas, 2009.
- QUINTERO, Rodolfo.
Antropología del petróleo. Siglo Veintiuno editores. Necaxa, México. 1976.
- TERAN Mantovani.
La crisis del capitalismo rentístico y el neoliberalismo mutante (1983-2013) . Rebelión. 21/10/2013. Disponible en:
http://www.rebelion.org/docs/175965.pdf. Consultado: [21/10/2013].
- ÚLTIMAS Noticias. Edición impresa del domingo 15 de septiembre de 2013. Caracas, Año 72 Nº 28736.
[1] Cfr. Entrevista a Ulrich Brand: GAGO, Verónica. Sztulwark, Diego.
“No podemos pensar en salvar el planeta si no pensamos la emancipación social”. Brand sostiene acerca de los modos de vida imperial: “
Es
la pregunta por cómo se está universalizando un modo de vida que es
imperial hacia la naturaleza y las relaciones sociales y que no tiene
ningún sentido democrático, en la medida que no cuestiona ninguna forma
de dominación (…) El modo de vida imperial no se refiere simplemente a
un estilo de vida practicado por diferentes ambientes sociales, sino a
patrones imperiales de producción, distribución y consumo, a imaginarios
culturales y subjetividades fuertemente arraigados en las prácticas
cotidianas de las mayorías en los países del norte, pero también, y
crecientemente, de las clases altas y medias en los países emergentes
del sur”.
[2] QUINTERO, Rodolfo.
Antropología del petróleo. p.46
[3] Cfr. TERAN Mantovani, Emiliano.
La crisis del capitalismo rentístico y el neoliberalismo mutante (1983-2013).
[4] En: ÚLTIMAS Noticias. Edición impresa del domingo 15 de septiembre de 2013. Sección
el Domingo, pp.6-7.
[5] Cfr. PÉREZ Alfonzo, Juan Pablo.
Hundiéndonos en el excremento del diablo.
[6]
La introducción del problema del espacio/naturaleza como factor clave
en los análisis de la conformación del sistema-mundo capitalista tiene
poderosas implicaciones en la medida en que resignifica la División
Internacional del Trabajo, también como División Internacional de la
Naturaleza; desmitifica el “desarrollo” y la primacía del tiempo; hace
evidente el ocultamiento del valor intrínseco de la Naturaleza; o bien
resalta el papel de intermediación que juega el Petro-Estado periférico,
y la relación entre su composición política y la captación de una renta
absoluta. Cfr. CORONIL, Fernando. Cap.1: “
La naturaleza de la historia”, en
El Estado mágico. Naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela. pp. 23-76.
[7]
Esta idea está presente recurrentemente a lo largo del programa de
Gobierno de la MUD 2013-2019, donde se enaltece obsesivamente la
propiedad privada. Cfr. MESA de la Unidad Democrática.
Lineamientos del Programa de Gobierno de Unidad Nacional (2013-2019).
[8] Cfr. GLOBOVISIÓN.
Capriles: La única persona que perderá su empleo en Pdvsa será Rafael Ramírez. La frase completa recogida de Capriles Radonski afirmaba: "
El
plan de gobierno del que lleva 14 y quiere 6 más, uno de los
planteamientos de ese proyecto es salvar el planeta, este planteamientos
nada tiene que ver con lo que quiere nuestro pueblo, nuestro pueblo no
quiere que se salve el planeta, primero tenemos que ocuparnos de la casa".
[9] Op.Cit. pp.133-140
[10] Cfr. por ejemplo: BORÓN, Atilio.
América Latina en la geopolítica del imperialismo. Sobre una crítica de este texto, véase: TERAN Mantovani, Emiliano.
Neblina sobre los horizontes post-extractivistas: ¿no hay alternativas? ALAI, América Latina en Movimiento.
Fuente:
http://alainet.org/active/66806