¿Qué tal si se
hiciera desaparecer a Edward Snowden? No, no estoy sugiriendo una futura
entrega de la CIA o una teoría de la conspiración sobre una
desaparición, del tipo Quién-Mató-a-Snowden, sino algo más ominoso.
¿Qué
tal si se hiciera que cada denunciante (N. de la T: en el inglés
original, “whistleblower”, es decir, alguien que denuncia una
organización, sea el gobierno o una corporación, desde su interior) que
ha quedado alguna vez al descubierto simplemente desapareciera? ¿Qué tal
si cada documento de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, en su sigla
en inglés) que Snowden difundió, cada entrevista que dio, cada rastro
documentado sobre la existencia de un Estado de seguridad nacional
salido de control pudiera hacerse desaparecer en tiempo real? ¿Qué tal
si cada publicación sobre cada una de esas revelaciones pudiera
convertirse en un esfuerzo inútil, del que no quedara registro?
¿Estoy
sugiriendo el argumento para una novela de un George Orwell del siglo
XXI? Dificilmente. A medida que avanzamos hacia un mundo más
completamente digital, este tipo de cosas será posible, no en la ciencia
ficción sino en el mundo en que vivimos; y con la simple presión de un
botón. Los primeros prototipos de un nuevo tipo de “desaparición” ya
están siendo testeados. Estamos más cercanos a una realidad
shoqueantemente distópica, antaño material de novela futurística, de lo
que imaginamos. Bienvenidos al agujero de la memoria.
Incluso si
algún gobierno futuro cruzara una de las pocas líneas rojas que todavía
quedan por cruzar en nuestro mundo y simplemente asesinara a sus
denunciantes a medida que surgieran, siempre emergerían otros. En 1948,
en su escalofriante novela
1984, Orwell sugirió sin embargo una
solución mucho más diabólica al problema. Creó de la nada un objeto
tecnológico para el mundo del Gran Hermano al que llamó “el agujero de
la memoria”. En su tenebroso futuro, ejércitos de burócratas de lo que
sarcásticamente llamó el Ministerio de la Verdad, pasaban sus vidas
borrado o alterando documentos, diarios, libros y cosas por el estilo
para crear una versión aceptable de la historia. Cuando una persona caía
en desgracia, el Ministerio de la Verdad lo arrojaba, junto con toda la
documentación relativa a ella, al agujero de la memoria. Cada historia o
informe en el que su vida estuviera en cualquier modo mencionada o
registrada sería editada, para borrar todo rastro.
En el mundo
predigital de Orwell, el agujero de la memoria era un tubo de aspiradora
en el que los viejos documentos desaparecían, físicamente, para
siempre. Las alteraciones de documentos existentes y el entierro de
otros garantizaba que aún un repentino cambio de enemigos y de alianzas
globales no presentara problemas para los guardianes del Gran Hermano.
En el mundo que imaginó, gracias a esos ejércitos de burócratas, el
presente era lo que siempre había sido; allí estaban esos documentos
alterados para probarlo y no había nada, salvo recuerdos dudosos, que
dijera lo contrario. Cualquiera que manifestara dudas sobre la verdad o
el presente era, bajo el “crimendepensamiento”, marginalizado o
eliminado.
***
Crecientemente, la mayoría de nosotros
obtenemos nuestras noticias, libros, música, TV, películas y
comunicaciones de todo tipo en forma electrónica. En estos días, Google
obtiene más ganancias en avisos publicitarios que todos los medios
impresos de los Estados Unidos sumados. Hasta el venerable
Newsweek ya no publica una edición en papel. Y en ese mundo digital, un cierto tipo de “simplificación” está siendo explorado.
Los
chinos, los iraníes y otros, por ejemplo, ya han implementado
estrategias de filtración para bloquear acceso a sitios y materiales
online que sus gobiernos no aprueban. El gobierno de los Estados Unidos,
del mismo modo (aunque infructuosamente) bloquea para sus empleados
el acceso a Wikileaks y a material relativo a Edward Snowden (así como sitios como
TomDispatch) en sus computadoras de trabajo; aunque no, por supuesto, en las de sus casas. Por ahora.
Gran
Bretaña, sin embargo, pronto dará un paso importante sobré que puede
ver un ciudadano privado en la web incluso desde su casa. Antes de fin
de año, casi todos los usuarios de Internet serán “anotados” en un
sistema designado para filtrar pornografía. Por default, los controles
también bloquearán acceso a “material violento”, “contenido relacionado
con el extremismo y el terrorismo”, “websites sobre anorexia y
desórdenes alimenticios”, y “websites relacionados con el suicidio”.
Además,
la nueva configuración censurará sitios que mencionen bebidas
alcohólicas y fumar. El filtro también bloqueará “material esotérico”,
aunque un grupo de derechos civiles basado en el Reino Unido dice que el
gobierno todavía debe definir qué incluirá esa categoría.
Y las
formas de censura en Internet impulsadas por el gobierno están siendo
privatizadas. Nuevos productos comerciales disponibles garantizan que
una organización no necesita ser la NSA para bloquear contenido. Por
ejemplo, la compañía de seguridad internética
Blue Coat
es líder doméstico en esa área y un exportador importante de ese tipo
de tecnología. Puede fácilmente instalar un sistema para monitorear y
fitrar todo el uso de Internet, bloqueando sitios web por sus
direcciones, por palabras clave o incluso por su contenido. Entre otros,
el software de Blue Coat es usado por el ejército de los Estados Unidos
para
controlar
lo que ven sus soldados destinados en el extranjero, y por los
gobiernos represivos de Siria, Arabia Saudita y Burma para bloquear
ideas políticas externas.
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En este
sentido, el comando de búsqueda de Google ya “desaparece” material.
Actualmente, Google es el bueno contra el “whistleblower” malo. Una
rápida búsqueda en Google (0,22 segundos) arroja más de 48 millones de
hits sobe Edward Snowden, la mayoría referidas a su filtración de
documentos de la NSA. Algunos de los sitios incluso muestran los
documentos, todavía con el cartel de “Ultrasecreto”. Hace menos de medio
año, había que pertenecer a un grupo muy selecto del gobierno, o un
contratista con conexiones, para ver algo así. Ahora, están
desparramados por la web.
Google (como Google es el motor de
búsqueda número uno del planeta, lo usaré aquí como sinónimo de motor de
búsqueda, incluso de aquellos todavía por inventarse) es, en un
sentido, maravilloso y parece una máquina inmensa para distribuir, y no
para suprimir, noticias. Pongan lo que quieran en la web, que Google lo
encontrará rápidamente y lo agregará a sus resultados mundiales de
búsqueda, algunas veces en cuestión de segundos. Sin embargo, como la
mayoría de la gente jamás va más allá de las primeras páginas de
resultados de búsquedas, ser desaparecido ya tiene todo un nuevo
significado online. Ya no alcanza con que Google te preste atención. Lo
que importa ahora es llegar a un lugar lo suficientemente alto en la
página de resultados para ser notado. Si tu trabajo está en el puesto
47.999.999 de los resultados sobre Snowden, es lo mismo que si
estuvieras muerto, que si hubieras desaparecido. Es un punto de partida
para formas más importantes de desaparición que sin duda nos esperan en
el futuro.
Esconder algo de la vista de los usuarios mediante la
reprogramación de los motores de búsqueda es uno de los siniestros
próximos pasos. Otro es el borrado directo de contenido, un proceso tan
simple como transformar la codificación del proceso de búsqueda en algo
predatorio. Y si Google se niega a implementar el cambio sobre las
“búsquedas negativas”, la NSA, que ya parece poder meterse
adentro de Google, puede implantar su propia versión de código malicioso como ya lo hizo en al menos
50.000 casos.
Pero
no hace falta hablar del futuro: he aquí cómo está ya en funcionamiento
una estrategia de búsqueda negativa, aun cuando su enfoque –mayormente,
sobre pedófilos—es fácil de aceptar. Google presentó recientemente un
nuevo software que hace más difícil a los usuarios encontrar material
sobre abuso infantil. Como dijo el director de la compañía, Eric
Schmidt, Google Search ha sido “afinado” para limpiar los resultados de
más de 100.000 términos usados por pedófilos en busca de pornografía
infantil. Ahora, por ejemplo, cuando los usuarios tipean búsquedas que
pueden estar relacionadas con abuso sexual infantil, no encontrarán
ningún resultado que los dirija a contenido ilegal. En cambio, Google
los redirigirá a sitios de ayuda y asesoramiento. “Pronto incluiremos
estos cambios en más de 150 idiomas, para que el impacto sea realmente
global”, escribió Schmidt.
Mientras Google redirige búsquedas de
pornografía infantil a sitios de asesoramiento, la NSA desarrolló una
habilidad parecida. La agencia ya controla un grupo de servidores bajo
el nombre clave
Quantum
instalados en la red troncal de Internet. Su tarea es redigirir
“objetivos” lejos de sus destinos buscados hacia sitios de elección de
la NSA. La idea es que tipees el nombre de la página web que quieras y
termines en algún otro lado menos preocupante para la agencia. Mientras
que ahora la tecnología puede estar concentrada en enviar a aspirantes a
jihadistas hacia material islamista más moderado, en el futuro podría,
por ejemplo, redirigir a gente que busca noticias hacia sitios que se
parecen a Al-Jazeera pero con contenido alterado para ajustarse a la
versión de los hechos que prefiere el gobierno.
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Pero
las tecnologías de bloqueo y redireccionamiento, que están destinadas a
mayores niveles de sofisticación, serán sin duda lo menor del asunto en
el futuro. Google ya está llevando las cosas al siguiente nivel, al
servicio de una causa que todo el mundo aplaudiría. Están implementando
tecnología de detección de imágenes para identificar fotografías de
abuso infantil cada vez que aparezcan en el sistema, y también está
probando tecnología para retirar videos ilegales. Las acciones de Google
contra la pornografía infantil puede ser bienintencionadas, pero la
tecnología que está desarrollando al servicio de esas acciones deberían
darnos escalofríos a todos. Imaginen si, en 1971, los
Pentagon Papers,
el primer pantallazo que la mayoría de los estadounidenses tuvieron
sobre las mentiras detrás de la Guerra de Vietnam, hubieran sido
borrables. ¿Quién puede creer que la Casa Blanca de Nixon no hubiera
hecho desaparecer esos documentos y que la historia hubiera tomado un
rumbo diferente, más nefasto?
O considerá un ejemplo que está
entre nosotros. En 2009, muchos dueños de Kindle descubrieron que Amazon
se había metido en sus dispositivos por la noche y
borrado remotamente sus copias de
Animal Farm y de
1984
(la ironía fue involuntaria) de Orwell. La empresa explicó que los
libros, “publicados” por error en sus máquinas, eran copias ilegales de
las novelas. Del mismo modo, en 2012, Amazon
borró sin aviso
los contenidos del Kindle de un cliente afirmando que su cuenta estaba
“directamente relacionada con otra previamente cerrada por abuso de
nuestras políticas comerciales”. Con la misma tecnología, Amazon tiene
el poder de
reemplazar libros en tus dispositivos con versiones “actualizadas”, el contenido alterado. Si te notifican o no, es prerrogativa de Amazon.
Además
de tu Kindle, el control remoto sobre tus otros dispositivos es ya una
realidad. Mucho del software en tu computadora se comunica con sus
servidores base, y así está abierto a “actualizaciones” que pueden
alterar contenido. La NSA usa malware –software malicioso implantado remotamente en una computadora—para
cambiar cómo operan las máquinas. El código
Stuxnet
que probablemente dañó unas 1.000 centrífugadoras que los iraníes
usaban para enriquecer uranio es un ejemplo de cómo puede funcionar este
tipo de cosas.
En estos días, cada iPhone se comunica con sus
oficinas centrales para anunciar qué aplicaciones has comprado; en la
letra chica de los contratos que suelen ser aceptados rutinariamente,
Apple se reserva el derecho a hacer
desaparecer cualquier aplicación por cualquier motivo.
En
2004, TiVo demandó judicialmente a Dish Network por entregar a sus
clients decodificadores que según TiVo violaban sus patentes de
software. Aunque el caso se arregló con el pago de una suma sustanciosa,
como solución inicial el juez ordenó a Dish que
desconectara electrónicamentelos
192.000 dispositivos que había instalado en hogares de sus clientes. En
el futuro, habrá aún más modos de invadir y controlar computadoras,
alterar o hacer desaparecer lo que estás leyendo y desviarte hacia
sitios que no estabas buscando.
Las revelaciones de Snowden sober
lo que hace la NSA para juntar información y controlar la tecnologíca,
que han cautivado al planeta desde junio, son sólo parte de la ecuación.
Cómo ampliará el gobierno sus poderes de vigilancia y control en el
futuro es una historia todavía por contarse. Imagina la creación de
instrumentos para ocultar, alterar o borrar contenido con campañas de
difamación para desacreditar o disuadir a denunciantes (whistleblowers),
y el poder potencial disponible para gobiernos y corporaciones queda
más claro.
La capacidad de pasar de la alteración de contenidos a
la alteración de cómo actúa la gente es obviamente parte de la agenda de
gobiernos y corporaciones. La NSA ha reunido ya i
nformación útil para chantaje sobre los hábitos de consumo de pornografía digital de musulmanes “radicales”. La NSA intentó
intervenir el teléfono de
un congresista sin orden judicial. La capacidad de recoger información
sobre jueces federales, líderes de gobierno y candidatos presidenciales
vuelven a los planes de chantaje de J. Edgar Hoover de los años 50 tan
pintorescos como los calcetines cortos o las faldas campana de aquella
época. Las maravillas de Internet suelen dejarnos anonadados. Las
posibilidades distópicas, orwellianas, que ofrece Internet no habían
captado hasta ahora nuestra atención del mismo modo. Deberían hacerlo.
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El
futuro de los denunciantes (whistleblowers) es desalentador. En un
tiempo no tan lejano, cuando casi todo sea digital, cuando mucho del
tráfico mundial de Internet fluya directamente a través de los Estados
Unidos o sus países aliados, o a través de infraestructura de compañías
estadounidenses en el exterior, cuando los motores de búsqueda sean
capaces de encontrar prácticamente cualquier cosas que exista en línea
en fracciones de segundo, cuando el
Acta Patriótica y las sentencias secretas de la
Corte de Vigilancia de Inteligencia Extranjera
conviertan a Google y similares gigantes tecnológicos en herramientas
del estado de seguridad nacional (asumiendo que organizaciones como la
NSA no se hagan cargo directamente del negocio de búsqueda) y cuando la
tecnología sofisticada pueda bloquear, alterar o borrar material digital
con la simple presión de un botón, el agujero de la memoria ya no es
una ficción.
Las informaciones filtradas serán tan inútiles como
unos viejos libros cubiertos de polvo en el ático si nadie sabe sobre
ellas. Adelante, publica lo que quieras. La Primera Enmienda te lo
permite. ¿Pero cuál es el sentido, si nadie puede leerlo? Sería más
ventajoso que te pares en una esquina y lo grites a los transeúntes. En
al menos un escenario futuro de fácil realización, una cantidad de
revelaciones como las de Snowden serán bloqueadas o borradas tan pronto
como sean posteadas.
La siempre en desarrollo tecnología de
búsqueda, girada en 180 grados, será capaz de hacer desaparecer las
cosas de un modo significativo. Internet es un lugar vasto, pero no es
infinito. Está siendo crecientemente centralizado en las manos de unas
pocas compañías bajo el control de unos pocos gobiernos, con los Estados
Unidos sentado en una de las mayores rutas de tránsito a lo largo de la
red troncal de Internet.
A esta altura, deberías sentir un
escalofrío. Estamos viendo en tiempo real cómo 1984 se vuelve de
fantasía futurista de un pasado lejano a manual de instrucciones. No
habrá necesidad de matar a un futuro Edward Snowden. Ya estará muerto.
Peter
Van Buren fue un whisteblower del Departamento de Estado de los Estados
Unidos. Denunció malos manejos durante la reconstrucción de Irak, en su
primer libro, We Meant Well: How I Helped Lose the Battle for the Hearts and Minds of the Iraqi People. Es un colaborador habitual de TomDispatch, y escribe sobre hechos de actualidad en su blog We Meant Well.
Fuente con traducción:
http://www.elpuercoespin.com.ar/2013/12/03/como-hacer-desaparecer-la-verdad-en-internet-por-peter-van-buren/
Fuente original en inglés:
http://www.tomdispatch.com/blog/175779/