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miércoles, 1 de enero de 2014

Europa se jodió




Página 12


Al inicio de la novela de Vargas Llosa, Conversación en la Catedral, un peruano le pregunta a su amigo:
–¿Y cuándo se jodió Perú?
Dan por sentado que Perú se jodió, está jodido. Se trata de saber desde cuándo, a partir de cuándo, para intentar entender el porqué y el para quiénes.
Hoy se da por sentado que Europa está jodida, que se jodió. Hay distintos diagnósticos. Unos dicen que se debe a la pereza de los del Sur, que el aire mediterráneo y la siesta los hizo vivir por encima de sus posibilidades (eso que hemos oído hace tanto tiempo ya en América latina). Otros dicen que fue por la rigidez del Banco Central de Alemania, que domina la troika y se impone a las otras economías. Los medicamentos se diferencian un poco, pero al fin y al cabo son todos amargos. Porque todos aceptan que Europa se jodió.
Lo cual es un fenómeno de inmensas dimensiones, representa un retroceso de dimensiones civilizatorias, porque el estado de bienestar europeo fue una construcción solidaria que se había convertido en referencia a escala mundial. Terminar con él implica un vuelco a tiempos de exclusión social y abandono que Europa había dejado atrás.
¿Cuándo se jodió Europa? Podría ser durante la explosión que apareció con la Primera Guerra Mundial, cuando se confirmaron dramáticamente las contradicciones interburguesas que Lenin dijo que comandarían la historia mundial entrado el siglo XX. Europa se había vuelto escenario de la más brutal de las guerras que la humanidad había conocido hasta ese momento.
Se podría también ubicar aquel momento en la división de la socialdemocracia entre belicistas y pacifistas, abandonando oficialmente en la II Internacional el pacifismo y el internacionalismo que la había caracterizado, abriendo heridas que no volverían a cicatrizarse.
Se podría igualmente ubicar el momento en que se jodió Europa cuando no logró impedir el brote de las distintas formas de dictaduras de derecha –fascismos, nazismo– y, además, no fue capaz de derrotar ese fenómeno sin apoyos externos.
Pero nada de eso explicaría el viraje actual. Porque, después de todo eso, Europa occidental fue capaz de construir estados de bienestar, y que a lo largo de tres décadas fue una de las más generosas construcciones sociales que la humanidad haya conocido.
Entonces fue después de eso que Europa dio un giro que la llevó a estar jodida. Yo ubicaría ese momento en la transición entre el primer y el segundo año del primer gobierno de François Mitterrand, en Francia. La victoria, finalmente tan conmemorada de la izquierda francesa de la posguerra, propició a Mitterrand un primer año centrado en las nacionalizaciones, en la consolidación de los derechos sociales, en una política externa solidaria y volcada hacia el Sur del mundo.
Pero el mundo había cambiado. Reagan y Thatcher imponían un nuevo modelo y una nueva política internacional. Francia sufrió las consecuencias del nuevo escenario. Podría haber estrechado alianzas con la periferia, con el Sur del mundo, con América latina en particular, liderando a los países que más directamente sufrían los cambios globales. Sin embargo, hubo un cambio radical en la orientación del gobierno socialista francés. Adaptándose a la nueva ola neoliberal a su manera, Francia se sumó como aliado subordinado al liderazgo del bloque Estados Unidos-Gran Bretaña.
Ese giro, que consolidó la nueva hegemonía, de carácter neoliberal, inauguró la modalidad de gobiernos y fuerzas socialdemócratas asimilados a la hegemonía de los modelos centrados en el mercado y en el libre comercio. La España de Felipe González no tardó en sumarse y fue seguida por otros gobiernos, abriendo camino para que, en Latinoamérica también, esa vía se extendiera a países como México, Venezuela, Chile y Brasil, entre otros.
Esa nueva orientación predominante ya apuntaba a la condena del estado de bienestar –un modelo contradictorio con el Consenso de Washington–, que tarde o temprano sufriría las consecuencias. La unificación europea se dio bajo esa orientación. Las consultas nacionales no se centraban en la unificación europea, sino en la moneda única (el euro), dando un carácter centralmente monetario a esa unificación.
La crisis iniciada en 2008 agarró a Europa absolutamente frágil, inmersa en los consensos neoliberales, lo cual le impidió reaccionar positivamente frente a la crisis como los gobiernos latinoamericanos, que se han inspirado en los modelos reguladores que habían sido hegemónicos en Europa en las tres décadas llamadas “gloriosas” que sucedieron la Segunda Guerra Mundial.
Así llegamos a la fisonomía actual de Europa de destrucción del estado de bienestar, echando nafta al fuego, tomando medicamentos neoliberales para la crisis neoliberal, que sólo se ahonda y se prolonga.
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-236156-2013-12-21.html
 

lunes, 11 de noviembre de 2013

Los populistas no son el verdadero problema

Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-11-2013

Presseurop / La Repubblica


Calificar de populistas y de reaccionarios a todos los movimientos de rebelión que se manifiestan en un lado u otro tan sólo sirve para camuflar las raíces del problema: la UE tal y como es hoy no está amenazada por la ira de sus ciudadanos, sino por la reticencia de los Gobiernos a delegar su soberanía.Deseo que nazca una Europa federal y que se proteja la moneda única. De lo contrario, en lugar de la UE tendríamos una cantidad de pequeños Estados sin grandeza pero no sin abyección, y no amigos, sino más vasallos que nunca de la potencia estadounidense. Volveríamos al punto de partida: derrotados por nuestros nacionalismos, como lo estuvimos en las guerras del siglo XX.
¿Por qué no deja de crecer en Europa una humanidad tan descontenta, tan hastiada, que alimenta a la extrema derecha y a los partidos euroescépticos? Llamarla populista o reaccionaria sería detenerse en el umbral de los “porqués” sin plantearse cuál es el origen de este llanto. Responder a ello tampoco sirve de nada, si las protestas y las propuestas, tan distintas unas de otras, se expulsan como un grumo espeso que obstruye no sabemos qué progreso.
Librarse del problema con desprecio y rechazo es como ignorar que la Europa actual destila venenos crónicos. No basta invocar su nombre para que exista, como hacen los Gobiernos actuales para sacar partido de ello. Eso equivale a camuflar lo que sin embargo es evidente: el nacionalismo y el conservadurismo son males que padecen las clases dirigentes y las élites de los Estados de la Unión. En este caso también es necesario atreverse a ir más allá de las palabras. La palabra “federación” ya no es un tabú, excepto en Francia. Sin embargo, este término, mencionado tanto en la derecha como en la izquierda, no va seguido de acciones concretas como la mutualización de la deuda pública, un crecimiento alimentado por los eurobonos y por recursos financieros europeos de mayor magnitud que los actuales. Ni sobre todo de un Parlamento Europeo con nuevos poderes ni de una Constitución común que sea la expresión de sus ciudadanos. En definitiva, una Europa que sea para ellos un refugio en estos tiempos de angustia y no el bastión que protege a una oligarquía endógena de poderosos que se cubren unos a otros.
Gobiernos reacios Europa tal y como es hoy no está amenazada por la ira (tanto de derecha como de izquierda) de sus ciudadanos. Está amenazada por unos Gobiernos reacios a delegar soberanías nacionales no solo fingidas, sino usurpadas, ya que en las democracias los soberanos son los pueblos. Si la crisis de 2007 a 2008 atormenta a Europa más allá de cualquier medida, es debido a estas distorsiones. Una austeridad que acentúa la pobreza y las desigualdades, un Pacto de Estabilidad que ningún Parlamento ha podido discutir: así es la Europa que quiere librarse de los populismos. Es la miseria griega. La corrupción de los Gobiernos es lo que alimenta las desigualdades y la falsa estabilidad.
El caso de las izquierdas radicales en Grecia es un ejemplo claro. Syriza, una coalición de movimientos de ciudadanos y de agrupaciones de izquierda, fue calificada de antieuropea y populista durante las dos elecciones de mayo y junio 2012. Entonces las cancillerías europeas se movilizaron y describían a Syriza como el monstruo a derribar. Berlín amenazó con cerrar los grifos de las ayudas. Pero ni Syriza ni su dirigente Alexis Tsipras son antieuropeos. Exigen otra Europa. Y eso es lo que asusta a la clase política dirigente.
Es necesario rehacer la Unión desde el principio al final El 20 de septiembre, cuando presentó su programa en el Kreisky Forum de Viena, Alexis Tsipras sorprendió a los que le habían criticado. Dijo que la arquitectura del euro y sus planes de rescate habían destrozado la Unión, en lugar de vendar sus heridas. Recordó la crisis de 1929 y su gestión según los dogmas neoliberales. Exactamente como hoy. “Los Gobiernos negaron que la arquitectura de sus proyectos fuera aberrante e insistieron en la austeridad y en defender sencillamente la reactivación de las exportaciones. El resultado fue la miseria en el sur de Europa y el advenimiento del fascismo y del nazismo en Europa Central y del Norte”. Por ello es necesario rehacer la Unión desde el principio al final. Retomando las propuestas de los sindicatos alemanes, Syriza propone un Plan Marshall para Europa, una auténtica unión bancaria, una deuda pública gestionada de forma centralizada por el Banco Central Europeo y un programa masivo de inversiones públicas puesto en marcha por la UE.
Vínculo entre crisis y corrupción Pero Alexis Tsipras también denuncia aquello que nadie se atreve a señalar: el vínculo entre la crisis europea y las democracias corruptas de Atenas y de muchos países del sur. “Nuestra cleptocracia ha forjado las alianzas sólidas con las élites europeas”, afirmó, y su unión se nutre de mentiras sobre los fallos de los griegos o de los italianos, sobre los sueldos demasiado elevados y sobre esos Estados demasiado generosos. Esas mentiras “sirven para transferir la culpa de las debilidades nacionales de los hombros de los cleptócratas a los del pueblo que trabaja duro”.
Es una alianza que ya no se enfrenta a ninguna oposición, desde que la izquierda clásica adoptara en los años noventa los dogmas neoliberales. De este modo, una gran parte de la población se quedó sin representantes. Perdidos, abandonados, castigados por una política de austeridad con aires de ejercicio militar. Esta población, la mayoría, si contamos también a los abstencionistas, es la que protesta contra Europa. A veces sueña con el regreso irreal de las monedas y las soberanías nacionales; a veces reclama otra Europa, que no olvide el llanto de los pobres, que supo escuchar en la posguerra y a finales de los años setenta. Eso es lo que dice Tsipras. Y en Italia, Beppe Grillo, en sus discursos caóticos, dice más o menos lo mismo.
Si no cambia nada, Europa ya no será un refugio, sino un lugar en el que los ciudadanos quedarán expuestos a todos los vientos. Al estar administrada por élites consanguíneas, se parecerá cada vez más a la Oficina de las Cartas Muertas custodiada por Bartleby, en la novela [Bartleby, el escribiente] de Herman Melville. A fuerza de compilar y de tirar a la papelera miles y miles de cartas enviadas y jamás entregadas a sus destinarios, Bartleby acaba por oponerse a cualquier petición y a cualquier orden, con una calma cadavérica y con un rechazo impávido, diciendo: “Preferiría no hacerlo”.
Fuente: http://www.presseurop.eu/es/content/article/4306351-los-populistas-no-son-el-verdadero-problema